Pastoral de la Vocación

Antropología de la cultura del abuso

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Este artículo está escrito por Jesús Castillo

He aquí al hombre
Juan 19,5

Antropología de la cultura del abuso. El padre Pablo hace 10 años decidió ingresar al seminario y ser sacerdote para servir a los pobres y sanar los corazones heridos. Hace un par de días apareció en mi despacho para conversar «y autodenunciarse» que en vez de vivir la primera motivación que le trajo al Seminario, después de 2 años de ministerio nota todo lo contrario, sólo quiere servir a gente poderosa y termina hiriendo más a la gente sencilla de su parroquia. ¿Qué sucedió? ¿Dónde quedó el joven Pablo que soñaba con una vocación sacerdotal generosa? En este artículo intentaré explicar desde la antropología y la psicología el dinamismo que está detrás.

La antropología de la cultura del abuso

Así como el padre Pablo, muchos cristianos pueden vivir esta experiencia de la «incoherencia» entre los ideales y la propia humanidad. Sugiero, para poder comprenderlo, la imagen que propone Alessandro Manenti en su libro «Comprender y acompañar a la persona humana»: un corazón que se ensancha y a veces se enconge, corazón grande y corazón pequeño, que se expande y se contrae, que se hace generoso y a veces egoísta. Pero es el mismo siempre. Por eso es importante conocer la antropología de la cultura del abuso.

Corazón grande y corazón pequeño, valores y necesidades

Cuando una persona opta y se mueve hacia un objetivo tiene motivaciones conscientes e inconscientes en su persona. Los valores atraen desde fuera mientras que las necesidades aportan movimiento desde dentro de la misma persona1. Las necesidades ofrecen energía para poder moverse hacia ese objetivo y lograrlo2.

En el interior del ambiente vocacional de una comunidad cristiana como el seminario, el presbiterio o comunidad religiosa también se mueven estos “hilos” de las necesidades psíquicas.

Un joven que “siente el llamado” o “decide ingresar a una casa de formación” lo hace movido por un llamado exterior de la voz de Dios, pero también por una respuesta personal humana que puede o no coincidir con la voz de Dios. Formar a la persona adecuadamente es una manera de prevenir correctamente cualquier tipo de abuso3. Pero para formar es necesario educar, es decir, permitir «salir de sí» a la persona para poder conocerla. Aquí volvemos a tomar conciencia de la importancia de la antropología de la cultura del abuso

El problema surge cuando el joven llamado desconoce los presupuestos de su respuesta y estos se descontrolan y se adueñan del seminarista, sacerdote, religiosa o padre de familia.

Las necesidades en el ambiente psicológico

Murray y algunos otros psicólogos han determinado una lista de necesidades psíquicas que son universales, es decir que están exentas de raza, sexo, cultura, religión y rol. La humanidad entera los vive y convive a diario con ellas, muchas veces sin saberlo. Nos adentramos en la antropología de la cultura del abuso.

Las necesidades son tendencias innatas a la acción que deriva de un déficit del organismo o potencialidades inherentes al hombre que buscan ejercicio y actualización4. Estas necesidades son «neutrales», es decir están en su modo natural exentas de juicio moral.

A continuación, en este enlace, se expone un elenco que describe brevemente cada una de las necesidades presentes en el ser humano y que pueden impulsarlo a determinadas acciones. Luigi Rulla, Franco Imoda y Ridick5 proponen la siguiente lista:

Dos discriminaciones y su advertencia ante el desconocimiento6.

Hay que pensar que las necesidades a pesar de vivirse universalmente, en los cristianos, y en especial en la formación sacerdotal y religiosa, no puede pasar ignorado el mundo y dinamismo de las necesidades. Es necesario conocerlas, reconocerlas en la persona misma y vivirlas con mayor conciencia.

El ejercicio indiscriminado e inconsciente puede traer consecuencias reprobables en contraste con el ideal cristiano dado su descontrol.

Una discriminación neutral y «beatificante»

 Se trata de las necesidades que son neutras y podrían, consciente y vividas de modo positivo a la vocación cristiana, ser fuente incluso de santidad. Bien discernidas e integradas con serenidad en la vida del futuro o actual presbítero. Estas son: afiliación, ayuda a los demás, conocimiento, dominación, orden, reacción y éxito.

Las necesidades en algunos santos

Se puede pensar por ejemplo en la «afiliación» inmensa entre Francisco y Clara de Asís, en la «ayuda a los demás» de Teresa de Calcuta, en el «conocimiento» de Tomás de Aquino, en la «dominación» de Cirilo de Alejandría, el «orden» de Agustín de Hipona, la «reacción» de los mártires cristeros mexicanos y el «éxito» de Ignacio de Loyola. El lector podría forjar el contraste.

Se puede pensar en estas como «heterogratificantes», es decir que la gratificación está en el servir al otro, especialmente cuando son concordantes con los valores o ideales cristianos.

Como ejercicio indiscriminado

Sin embargo, el ejercicio indiscriminado de estas necesidades puede llevar a la persona a una serie de actitudes que estropeen el camino vocacional. Por ejemplo: los amigos que no saben separarse y, generalmente se juntan para hacer el mal (satisfacer necesidades solamente), el generoso que quiere ayudar a los demás pero que sufre a escondidas por no recibir agradecimientos, el presumido y rimbombante intelectual que mira por debajo a sus compañeros y vive aislado de la comunidad “en nombre de la ciencia” pero que en secreto sufre su mismo aislamiento, el obsesionado con el orden y la sincronía litúrgica y desprecia las expresiones sencillas, el que reacciona violentamente ante una mínima palabra del que le cae mal.

Por eso la urgente necesidad de conocer y reconocer en uno mismo el modo en que se ejercen estas necesidades y el modo en que se ven compensadas.

Una discriminación contraproducente

 Se trata de las necesidades contrarias a la vocación cristiana, y más si estas son vividas con inconsciencia y sin control, de modo que puede dañar la misión de la persona y los destinatarios de su misión. Se trata de: la agresividad, dependencia afectiva, evitar el peligro, evitar la inferioridad y defenderse, gratificación erótica y la humillación.

Estos son autogratificantes pues la gratificación están en la persona misma al usar al otro para la propia gratificación. Generalmente, estos son disonantes o contrarios a los valores o ideales cristianos.

El uso discriminado e insconsciente de estas altera el camino vocacional y podría traer situaciones caóticas en la comunidad. Es necesario tener conciencia de ellas para poder hablar de ellas, enfrentarlas e ir probando modos y actitudes de vencimiento o control.

 A continuación una tabla que puede ayudar a ubicarlos y sintetizarlos:

NECESIDADES NEUTRALES (heterocéntricas) NECESIDADES DISONANTES (autocéntricas)
Afiliación, ayuda a los demás, conocimiento, dominación, orden, reacción éxito. Agresividad, dependencia afectiva, exhibicionismo, evitar el peligro,
evitar la inferioridad y defenderse, gratificación erótica, humillación.
Dinamismo: Depende como se usen. Pueden constituir una predisposición a vivir los valores, pero no lo determinan necesariamente. Dinamismo: Se ponen al servicio de mantener el status quo, no hay
impulso a trascender sino permanecer inmanente y reafirmar lo que
ya se es.
Internalizante, si están puestas al servicio de la vivencia de los valores. No internalizante. Suele ser más gratificante que la otra. Esto lleva la confusión de sujeto de tal modo que prefiere o iguala lo que «agrada» y no lo que «ayuda».

La conciencia e integración de las necesidades

 El camino del reconocimiento puede surgir desde medios muy simples y ordinarios como una exposición, un test, una confrontación. Pero lo importante es que con serenidad y responsabilidad la persona logre reconocerlos frente a alguien que le acompaña con aprecio y seriedad.

Es un camino fatigoso, que requiere valentía y deseo de vencerse así mismo. Pero, al final, es un camino muy gratificante porque la conquista del propio interior que se ha iniciado es el mayor premio7.

Muchos abusadores han desconocido este mundo, esta dinámica, o conociéndola la han ignorado y han ocultado el tesoro de su interior en nombre de mantener su exterior, su fama o su renombre pero sobre todo su hambre de dominio o de poder sobre los demás. Por eso es grande la necesidad del reconocimiento de estas necesidades en la persona misma, en especial de aquellas que son contrarias a la vocación cristiana, aquellas cuya gratificación están en el uso del otro.

El acompañamiento serio, progresivo y con lenguaje sencillo puede aportar mucho al camino de madurez humano, afectivo y sexual. De este modo la persona no sataniza sus deseos sino que se apropia de ellos y es capaz de responsabilizarse preventivamente de ellos. Es un buscar quitarse la máscara de monstruo o demonio y aceptar su humus de hijo. Se está entonces frente al proceso de autenticidad y de serena integración de las necesidades y los valores8. A esto debe conducirnos el conocimiento de la antropología de la cultura del abuso.


[1] Franco Imoda, Acompañamiento Vocacional, Sígueme, 59-100.

[2] Cfr. Amedeo Cencini – A. Manenti, Psicología  y formación, 64.

[3] Carlos Ignacio Man Ging SJ, «Hacia una cultura de la prevención del abuso sexual en la Iglesia Católica. Un enfoque desde la bioética y la dignidad de la persona», en: Daniel Portillo Trevizo (Coord.) Formación y prevención, PPC,  59-60.

[4] Cfr. Amedeo Cencini – A. Manenti, Psicología y formación, 67.

[5] Cfr. Amedeo Cencini – A. Manenti, Psicología  y formación, 71.

[6] Cfr. A. Cencini-A. Manenti, Psicología y formación, 358.

[7] Franco Imoda, Acompañamiento Vocacional, Sígueme, 148-150.

[8] Cfr. A. Cencini-A. Manenti, Psicología y formación, 361-372.

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