Pastoral de la Vocación

Animadores inconformistas

Categorías Sembrar Vocaciones
Este artículo está escrito por Juan Carlos Martos cmf

Un animador vocacional no puede ser un conformista. Animación vocacional y conformismo son incompatibles entre sí. Hablo de “animación vocacional”, no de una carga impuesta que se soporta provisionalmente, ni de hacer propaganda o marketing… La esencia de la animación vocacional es plantear a otros las grandes decisiones de su vida y ayudar a que las afronten con fe, libertad y responsabilidad. Para llevarla a cabo hay que ser un poco profeta. 

La esencia de la animación vocacional es plantear a otros las grandes decisiones de su vida y ayudar a que las afronten con fe, libertad y responsabilidad.

Y para serlo no basta solo con ser claro y coherente; hay que “pro-vocar”. Por eso mismo la animación vocacional es alérgica a cualquier tipo de conformismo. El diccionario declara que “conformista” es todo aquel que se adapta a cualquier circunstancia o situación con excesiva facilidad y sin oponer resistencia. Entre “acatar la moda” o “abandonar el mundo”, un animador conformista opta, sin dudarlo ni un minuto, por el entreguismo. 

Las opciones de un conformista

Un conformista nunca hará propuestas radicales, sino que repetirá un cansino repertorio de frases comunes que a nadie le complicarán la vida. Dirá lo que los otros quieran oír. Se adaptará sin más a sus costumbres y elecciones. Nunca propondrá metas altas. Sus palabras jamás participarán de aquella punzante autoridad que tenían las de Jesús. No plantearán la “gramática elemental de la vida”… 

El animador conformista funciona bajo control remoto de consignas socioculturales, maquilladas de prudencia. No aspirará a acercar a los jóvenes hacia aquel tipo de crisis que precede a la conversión; solo pretenderá hacerles pasar un rato agradable. No se expondrán a quedar mal ante ellos. Ni se complicará mucho la vida en el corto espacio de tiempo que calculan que van a desempeñar su fastidioso servicio. ¡Es tan sencillo, tan fácil y agradable entregarse en los brazos del conformismo! Lo más fácil es hacer lo que todos hacen, pensar como todos, decir lo mismo que todos dicen, no exponerse al ridículo… ¡Y en cambio qué duro es atreverse a ser lo que se es y a decir lo que se cree no por el tonto afán de ir en contra, sino por fidelidad a la propia misión!

¡Qué duro es atreverse a ser lo que se es

y a decir lo que se cree por fidelidad a la propia misión!

Sembrar el evangelio de la vocación

Hace mucho tiempo Chesterton acuñó esta ley histórica: «Al hombre de cada siglo le salva un grupo de hombres que se oponen a sus gustos». En esa clave de salvación se coloca la animación. Sembrar el evangelio de la vocación lleva a contrariar, en algún momento, los gustos espontáneos y legítimos de los interlocutores. Lo cual incluye el riesgo real de ser rechazado o, peor aún, de ser calificado como “intruso”, o “manipulador”… Naturalmente no estamos hablando de esa necesaria adaptación de fórmulas de expresión o de estilos que son imprescindibles para convivir, transmitir el mensaje de la fe y ser entendidos por los destinatarios. Lo malo es cuando lo que se «adapta» es la conciencia, adulterándola. Se sustituye la animación vocacional por la banalización. Uno «adapta» los vestidos o el vocabulario, no el corazón ni mucho menos la misión.

Claro que ser fieles a sí mismo es algo que siempre se paga caro. Pero, a pesar del peaje a abonar, todo animador vocacional debería atreverse a ser un incorformista, o al menos intentarlo, para seguir siendo fiel a su conciencia misionera. Porque, además, no olvidemos que a la larga son los profetas los que acaban imponiendo su visión. Es la sal la que da a los guisos su sabor. ¿Y para qué sirve la sal que se ha vuelto insípida, la sal que se ha «adaptado» y ya sabe como el resto de los alimentos?

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