Pastoral de la Vocación

Rumbos nuevos para una pastoral vocacional renovada (I)

Este artículo está escrito por Luis Rubio Morán

Introducción

Quienes siguen el pensamiento y la literatura sobre la pastoral vocacional se encuentran de vez en cuando, entre sorprendidos y admirados, con afirmaciones o interrogantes que chocan, inquietan, hacen pensar. Esto nos ha ocurrido al preparar esta intervención sobre los «nuevos rumbos para la pastoral de las vocaciones» como preparación del próximo Congreso europeo de vocaciones, convocado para los días 5-10 de mayo de 1997.

Un obispo de Centroamérica, al tomar posesión de su diócesis acaba de decir: «Ninguna comunidad tiene derecho a pedir un sacerdote al Obispo si antes ella no ha promovido algún candidato».

«Un instituto que no se abre a las nuevas pobrezas no tiene derecho a lamentarse de la crisis de vocaciones».

Amede Cencini

También de Italia nos llega la siguiente apreciación: «¿Hay aún crisis de vocaciones? Puede ser. Sin embargo lo que hoy es urgente es que los llamados sean «más signo». Esto es lo primero de la nueva pastoral vocacional. El plural, que haya «más signos», viene después» (E. Masseroni).

La sorpresa que estas afirmaciones pueden causar, la inquietud que, sin duda, provocan, son unos buenos indicadores de que de hecho estamos necesitando de «nuevos rumbos» en la pastoral vocacional.

Queremos aquí buscar e indicar rumbos, no ofrecer recetas, ni proporcionar soluciones inmediatas. Sabido es que «rumbos» significa «cada uno de los rayos de la rosa de los vientos; dirección de un navío o un avión; y, por extensión, dirección, camino, método, norma, orientación». Dentro de esta definición es claro que no vamos a movernos en el campo de las «normas» ni se nos ocurre pensar en ofrecer métodos infalibles. Pensamos en direcciones, en orientaciones, en caminos. Con marcada referencia a la fuerza y la energía convenientes o necesarias para emprenderlas o recorrerlos. Que no en vano la primera referencia del rumbo es el viento y el viento remite al Espíritu.

Y hablamos de «nuevos», es decir, de otra calidad. No nos preocupa sólo una renovación, sino un nuevo estilo, aunque en este campo quizá no haya novedad sino en un largo proceso de renovación. Y las renovaciones ya en marcha marcan las novedades.

I. LOS NUEVOS PARADIGMAS QUE MARCAN RUMBOS NUEVOS

En 1993, la Revista del Centro Nacional de Vocaciones de Francia, «Jeunes et Vocations», publicaba un número con este título: ¿la pastoral vocacional sirve para algo? (cf. n. 69). Una de las comprobaciones que allí se recogen es la de la necesidad de nuevos paradigmas o modelos teológicos que iluminen y estimulen la pastoral vocacional, dado que los paradigmas actuales, tanto teológicos como existenciales, parecen ser una de las razones de la crisis de esta pastoral.

1. La comprensión del hecho vocacional: la verdad de la vocación

La abundante literatura teológica y magisterial sobre las vocaciones y la pastoral vocacional pocas veces llama la atención sobre la permanente y profunda ambigüedad de todo el discurso vocacional. Se emplean las palabras en un argot de tipo teológico-espiritual, apto para los iniciados, imaginado como comprendido por todos y de manera clara y unívoca, cuando este lenguaje está condicionado y viciado por enormes ambigüedades, tanto de orden espiritual como antropológico y sociológico.

Juan Pablo II se ha hecho ya eco de algunas de estas ambigüedades en la «Pastores dabo vobis» y subraya la necesidad de eliminar algunas de ellas por los riesgos que comporta nada menos que sobre la misma imagen de Dios.

  • En primer lugar, el riesgo de concebir la voluntad divina «como un destino inmutable e inevitable, al que el hombre debe simplemente adaptarse y resignarse en total pasividad» (n. 37). Esta comprensión no está lejos de una cierta tendencia al «predestinacionismo». Los que «tienen vocación» nacerían ya con una marca en la frente. En sus corazones habría sido colocado un objeto, un auténtico y sublime «tesoro». La labor de la persona sería sobre todo descubrir esa cosa, ese tesoro, analizar si existe, si está dentro de sí, y, en caso afirmativo, seguirlo radicalmente, cuidar mucho de no traicionarlo, bajo el peligro, se llegaba a decir en los antiguos discursos espirituales, de condenación eterna.

De aquí ha derivado, con toda coherencia, una praxis de pastoral vocacional dirigida sobre todo a algunos niños y adolescentes selectos, objetos de un amor previo y especial donde se supone que está ese objeto precioso, esa especie de «gen» o «germen» vocacional. Esto fácilmente lleva, como advierte el propio Juan Pablo II, a que los así tratados o «designados» lleguen a sentir la vocación «como un peso impuesto e insoportable» (PDV 37), causa de muchas y profundas crisis vocacionales posteriores; a que la gran mayoría de cristianos se desentiendan del discurso vocacional bajo la excusa de que ellos no se ven señalados de esa manera, no se sienten del número de los privilegiados con ese tesoro; a que la pastoral vocacional excluya de su acción a la mayor parte de las personas que no parecen presentar signos de haber sido marcados. 

Este concepto de vocación resulta ininteligible, y por lo mismo, inaceptable, para una generación que se sabe responsable del rumbo a dar a la propia vida, que no comprende el sometimiento a algo dado, impuesto, con la carga de definitivo que como tal comporta, sin posible marcha atrás. Una generación que vive la inseguridad permanente y solo asume lo provisorio y quiere dejar siempre una puerta abierta al futuro, al cambio de orientación. El joven de hoy, en efecto, es muy sensible a la auto-determinación. La vocación para él solo puede tener sentido si aparece como un proyecto existencial, como un proceso permanente de descubrimiento y de decisión, de aspiración y orientación por una causa o un ideal que le trasciende, que aunque lo perciba como exterior a sí mismo, ofrecido desde fuera, no lo puede aceptar si se le presenta como depositado de una vez por todas en su ser más íntimo, condicionando de una manera permanente su existir.

La cuestión, pues, para este sujeto actual, no es la de si tiene o no vocación, cuestión siempre irresoluble, sino la de a qué, a quién, por qué, una persona puede decidir entregar su vida. El contexto cultural, pues, nos está ayudando a pasar del «tener vocación» al «construirse como ser responsable», al decidirse por dar una orientación u otra a la vida, a entregarla a esto o aquello, a jugarse la propia existencia entera por esta o aquella persona. De aquí se deriva un primer rumbo para la pastoral vocacional: pasar de la vocación-destino a la vocación-decisión, «al proyecto personal de realización de la propia existencia en relación al Señor y a su causa, desde el descubrimiento de quién es El y de cuál es esa causa» (Vita Consecrata 14c); y, como consecuencia, pasar del cultivo de los que parecen «tener vocación» a cuestionar a todos sobre a qué van a dedicar su vida, qué quieren hacer de ella, a quién se la van a entregar en totalidad.

  • En segundo lugar, señala la PDV el peligro de la «tendencia para pensar de modo individualista e intimista las relaciones del hombre con Dios, como si la llamada de Dios llegase a cada persona por vía directa, sin mediación comunitaria alguna y tuviese como meta una ventaja, o la salvación misma de los llamados y no la dedicación total a Dios en el servicio a la comunidad…» (PDV 37), ignorando o negando de hecho la «esencial dimensión eclesial de la vocación cristiana», que no solo deriva «de» la Iglesia y de su mediación, no sólo se reconoce y se cumple «en» la Iglesia, sino que -en el servicio fundamental de Dios- se configura necesariamente como servicio «a» la Iglesia» (PDV 35), o que «todo presbítero recibe del Señor la vocación a través de la Iglesia como un don gratuito…» (Ibid.).

Esta concepción intimista ha estado unida siempre en el discurso vocacional de manera más o menos explícita y clara a la perspectiva de «una mayor perfección», o como ahora se dice «de una especial consagración», de un mayor y mejor cumplimiento del cristianismo, de un radicalismo evangélico. Con ello se ha creado en los así tratados una cierta conciencia de elitismo espiritual, a la vez que de predilección, considerándose instintivamente como «superiores», fuera del común, cristianos de primera, con una muy fácil tendencia a la «vanagloria y a la presunción» (PDV 36), con el consiguiente anhelo de consideración especial, de cierto «señorío» con resabios de «señoritismo».

La consecuencia de esta presentación de la vocación es un solapado y permanente enfrentamiento con la mediación de la iglesia. A veces los vocacionados, sobre todo en el caso de los candidatos al ministerio presbiteral, llegan a querer contraponer la vocación dada por Dios, percibida según ellos en su interioridad, a la llamada de la iglesia, configuradora de la vocación (cf. PDV 35), o la presentan como un derecho a exigir a la iglesia (cf. PDV 36).

De este paradigma vocacional se derivan también nuevos rumbos:

– pasar cada vez más de la autopropuesta y presentación del candidato, seguro en su intimidad de que Dios le llama de manera directa e inmediata, a la intervención mediadora de la Iglesia no solo en el proceso de formación y discernimiento sino sobre todo en el de la propuesta y la iniciativa, de la provocación y la designación.

– pasar del anhelo de realización o perfección personal a la conciencia de la llamada objetiva de la misión, de la conciencia del privilegio a la del servidor inútil, agradecido de la encomienda que se le hace y la confianza que se le demuestra (PDV 36).

1 Comentario

  1. Diego

    Muy interesante.

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