Pastoral de la Vocación

Abusos en la Iglesia: ¿del silencio a la acción? I

Categorías Cuidar
Este artículo está escrito por Aníbal Berbesí

“Si el hombre hablante ha hecho del animal su servidor mudo o su enemigo –las bestias de los campos y las selvas ya no entienden nuestras palabras cuando pedimos socorro–, el dominio de la palabra por el hombre ha resonado también en la puerta de los dioses.”

Steiner (1976)

“Tolerancia cero” es el llamado del Papa Francisco ante los males que inevitablemente la Iglesia tiene que asumir con responsabilidad, respeto y tutelando las garantías de derechos del interés superior del menor o de las personas con alguna discapacidad o condición de vulnerabilidad.

Sin parecer una cacería desesperada de brujas, en función de la clarificación, la construcción de espacios seguros de evangelización y de buen trato, nos preguntamos: ¿qué se ha hecho hasta el momento por asumir este tema con madurez individual y colectiva?, ¿seguimos sin arrancar?, en nuestras comunidades o ámbitos pastorales de formación ¿cómo se maneja este asunto y cuánto falta por implementar-madurar, más allá de unos protocolos, oficinas o líneas abiertas para la atención de casos?, ¿todavía existe miedo, a qué?.

Teniendo en cuenta los saberes que enriquecen cada día nuevos abordajes y caminos de solución, a continuación se presentan algunas reflexiones en la línea de la justicia ante los hechos ya consumados, como afirma Flores (2019), especialmente a las víctimas a las que se les debe escuchar e integrar, esto sería la verdadera inclusión del pueblo de Dios, y no lo contrario: ni obviar, ni desconcertar, ni ser insensibles.

I

“¡Abajo el mal sacerdote! ¡Abajo el monstruo Delacollonge!”

Estas consignas como nos relata Foucault (2002) en relación a la evolución del arte del castigo, la tortura y el origen de la cárceles, eran hechas a todo grito un poco antes de la abolición de la cadena de forzados (1837), al paso del coche celular en Francia. El espectáculo que se formaba alrededor del traslado de los condenados de una ciudad a otra, la serie de injurias, curiosidad, fanáticos y sed de venganza que producían los casos más sonados relatados en los diarios, era el recordatorio que el escarnio y rechazo público era parte del castigo.  Delacollonge fue un sacerdote que había cortado en pedazos a su amante que estaba embarazada, en algunas oportunidades tuvieron que disfrazarlo para evitar que las masas lo reconocieran y descuartizaran en los caminos.

Esta nota nos puede sugerir muchas cosas, ¿es justificable que un victimario sea alcanzado por la venganza?, ¿las penas o castigos que recibe un procesado ante hechos monstruosos son suficientes?, ¿por qué tienen que prescribir algunos delitos ante el dolor infringido?, ¿por qué darle apoyo y acompañamiento a un victimario?, ¿cómo se formó, y qué pasa por la mente del criminal, abusador, para cometer semejantes actos?, y otras tantas que el lector puede hacerse.

La victimología

En los procesos de juicio, infinidad de casos en el pasado obviaron el impacto de los hechos victimizantes sobre las personas, así surgió la necesidad de estudiarlos y sistematizarlos. La victimología como disciplina incipiente (considerando que la humanidad ha estado marcada por los crímenes y violaciones), ha venido a llenar esta carencia. Ésta aborda los sucesos de guerras del siglo pasado, el desarrollo de legislaciones, pactos internacionales y el reclamo de derechos que no terminan de llenar algunos vacíos todavía existentes. No obstante, del lado de las víctimas sigue percibiéndose la desprotección, desde los círculos más cercanos, hasta los sistemas de legislación que todavía siguen en construcción

Es contradictorio el hecho de que el inconsciente colectivo le dio privilegio al victimario, como se evidencia en el crimen de Caín, o infinidad de ejemplos en la literatura universal. Esto puede observarse más de cerca en la personificación heróica de terroristas o capos de las series o “sagas” de televisión o plataformas de entretenimiento a la carta, quedando las víctimas sin nombres, opacadas como el resultado olvidado de la violencia.  Sin embargo, después de tantas batallas las víctimas tienen algún terreno ganado, el silencio que les desbordaba ha tomado sonoridad, Abel es protagonista, como afirman Dussich y Pearson (2008), aquellos perjudicados por la violencia de los criminales, que eran vistos como sujetos pasivos, ahora son importantes, por razones morales, legales y científicas.

II

Superación de la incredulidad

Salir de ella implica un acto de transformación y valentía, un proceso de clarificación, confrontación y compromiso; la invitación de Jesús a Tomás es el testimonio de la superación del sufrimiento y liberación, en definitiva es el reconocimiento de la víctima superviviente de los ultrajes e injusticias.

El ponerse en los zapatos del otro, suena a eslogan desgastado ante tantos otros que se mezclan entre el aparente bienestar del individuo y la falta de empatía por el otro, ¿por qué tengo que sentir (vivir) el sufrimiento que no es mío?, es mejor seguir en silencio con los ojos vendados o mirando para otro lado en el estatus de confort en el que me encuentro; Bauman (2004) hace algunas décadas, precisaba que la producción de los residuos o desechos humanos (refugiados, pobres, víctimas…) como resultado de la globalización y otros factores, aquello que afea y opaca el ideal de lo estético o exageración de felicidad y apariencia, seguirá su curso en el cubo de la basura si no se desarman los sistemas que silencian las miserias e interrogantes reales de lo humano.

Incredulidad y negación

La incredulidad va ligada a la negación. Casi nadie quiere que se saquen los trapos sucios al sol, pero llega el tiempo del esclarecimiento de la verdad por diferentes motivos. Esto ha sucedido por la presión de los medios de comunicación liberados de las trampas mediáticas como en Boston hace un par de décadas.

En primera instancia parece fácil evadir la verdad que sale a la luz, asegurando que es amarillismo, que son ataques contra la Iglesia, o simplemente afirmando: “de esos casos no hay acá”, que es imposible que fulano haya cometido esos actos; o tal vez caer en el error de reducir los casos a “cifras” diciendo: son muy pocos en comparación a tal país, diócesis, comunidad religiosa, o que este tipo de problemas es de otras sociedades; pero lo más crucial y revictimizante es cuando no se presta la atención suficiente, ni se le concede espacio a la escucha activa junto a las víctimas, aspecto que a su vez se equilibra con la presunción de inocencia del acusado.

Barreras a superar: la lucha interior de la víctima

La primera barrera y la más difícil de superar es la lucha interior desatada en la víctima: “no me van a creer”, “me siento amenazado(a)”, “desamparado(a)”, esa combinación fatal de impotencia, culpabilidad y vergüenza. Sólo cuando la víctima alcanza conciencia del abuso y adquiere la fuerza para denunciarlo, es decir, cuando la voluntad toma lugar, se inicia el proceso que va desde la oscuridad hacia la luz, incluso a riesgo del rechazo, de la frustración o del señalamiento : ¿por qué tanto tiempo y no dijo nada?

Por otro lado hay que considerar los condicionamientos culturales y la psicodinámica de confrontación con la legitimación del abuso: patriarcado, incesto, machismo, autoritarismo… por esto es de tener en cuenta que cada víctima tiene su proceso, su ritmo, y su camino de tormentas que hay que respetar. 

Las víctimas secundarias

La segunda barrera son las víctimas secundarias, la familia, los tutores o el ámbito del círculo de apoyo. Estos enfrentan un conflicto con el sistema de creencias y principios, con/contra personas e instituciones puntuales, ¿por qué no nos dimos cuenta? En definitiva, se enfrentan con la red blindada de los sistemas de poder asimétricos, con procesos (desgraciadamente en extremo burocráticos) ralentizados o de nunca acabar como en una montaña rusa, señal del vicio de postergar acciones decisivas que pueden tener muchos desenlaces y llevar al desgaste. Pero aveces, dentro de estos mismos procesos milagrosamente aparece la justicia, unida a muestras de solidaridad, movimientos de víctimas, y aprendizajes, no sólo en lo eclesial sino también en lo social, recordando que esto es un problema global que encuentra resistencia y justificación en algunos sectores que ya no son minorías.

Las barreras dentro de la institución

La tercera barrera es dentro de la institución. A estas alturas hay la esperanza de la superación del círculo negativo del encubrimiento, el silencio y la complicidad; se invita repetidas veces al reconocimiento, renovación y reforma, para salir de la fantasía de una institucionalidad perfecta y llegar a la acción por la autocrítica constante del “falta mucho más por hacer”.

Ser coherentes con la dimensión ética de eliminar toda deshumanización, bajar de la nube para reconocer que no se es intocable, y al mismo tiempo, desde las fracturas, ser capaces de pasar a la acción disminuyendo los factores de riesgo y potenciando los factores de protección y prevención. 

Es el tiempo de la deconstrucción para revisar las partes, decantar, y purificar las estructuras impermeables y rígidas, con aires principescos medievales que todavía persisten, de las dictaduras ideológicas y abusos de poder, así se podrá cimentar la confianza, la trasparencia y justicia con criterios renovados ajustados a los nuevos paradigmas, fruto de una lectura de la realidad en sintonía del Jesús ultrajado y liberado.

Referencias bibliográficas.

Bauman, Z. (2004). Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias.

Drewermann, E. (1997).  Clérigos. Psicograma de un ideal.  Madrid: Editorial Trotta.

Dussich, J. y Pearson, A. (2008). Historia de la victimología. En López, W. et al Victimología, aproximación psicosocial a las víctimas. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.

Foucault, M. (2002). Vigilar y Castigar. Buenos Aires: Siglo veintiuno editores, s.a.

Flores, M. (2019). La sinodalidad como una respuesta estructural.  Ciudad de México: PPC.

Steiner, G. (1976).  Lenguaje y silencio.  Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano.

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