Pastoral de la Vocación

Ejercicio comunitario del ministerio sacerdotal

Categorías Cuidar
Este artículo está escrito por Román Sánchez Chamoso

Introducción 

     Pastores dabo vobis presenta una síntesis vigorosa de una convicción que gana terreno día a día en la Iglesia: «El ministerio ordenado tiene una radical forma comunitaria y puede ser ejercido sólo como una tarea colectiva» (PDV 17).

     Por su parte, el Documento de Santo Domingo insiste en la misma idea: «El Concilio nos recordó la dimensión comunitaria de nuestro ministerio: colegialidad espiscopal, comunión presbiteral, unidad entre los diáconos» (DSD 68). 

     Esta es, pues, la dirección que va tomando la teología actual a la hora de establecer el modo de ejercer el ministerio de los sacerdotes.

1. Fundamento teológico 

     Una opción tan clara y decidida tiene que basarse en fundamentos sólidos, cuyas líneas de fuerza son las siguientes:

  • El nuevo ser ministerial de los presbíteros nace del sacramento del orden. 
     Se nace, pues, al ministerio unidos en la consagración y en la misión, compartidas por los ordenados. Se entra en el sacerdocio atado a los demás. 
  • La praxis de Jesús al formar el primer núcleo apostólico está claramente orientada a la formación de un grupo o cuerpo ministerial. Elige «al grupo de los Doce» (Mc 3, 14.16); encomienda la tarea al grupo de los íntimos (Mc 3, 37; 6, 41; Mt 14, 19); envía al grupo como fraternidad (Lc 9, 1-2; 10, 1; Mt 28, 19; Jn 20, 21); promete su asistencia al grupo en cuanto tal (Mt 28, 30; Jn 20, 22); hace del grupo su testigo (Lc 24, 48; Hch 1, 4.8); instruye en forma especial al grupo (Mt 13, 12.18-23.3643; Lc 12, is); concede poder o autoridad especial al grupo (Mt 10, 1; 28, 18-19; Lc 9, 1); asegura su presencia constante e indefectible al grupo (Mt 28, 20; Mc 16, 20; Jn 20, 22); ora fervientemente al Padre por el grupo (Jn 17). Queda claro que el punto de mira de Jesús es el grupo, que va a constituir en su representante especial. 
  •  Todos los presbíteros quedan constituidos en una «íntima fraternidad sacramental», por formar «un solo presbiterio» y porque «ejercen un solo ministerio sacerdotal» y «cooperan a la misma obra» (PO 8). El Concilio ha extraído de esta forma las consecuencias derivadas de la praxis de Jesús, e inmediatamente de la ordenación sacramental. 
    Por consiguiente, en realidad se es co-presbítero (1 Pe 5, 1), no presbítero individualmente y de forma aislada. Se es cuerpo ministerial sacerdotal o presbiterio, y éste es el responsable del ministerio ordenado, es una «fraternidad misionera». K. Rahner ha podido escribir: «De hecho, ya el NT y la Iglesia más antigua no conocen sacerdotes particulares, sino presbiterio». 

2. Vertientes de la forma comunitaria del ministerio

     La dimensión comunitaria del ministerio sacerdotal tiene dos direcciones, vertientes o realizaciones fundamentales, que expresan esa íntima comunión:

  • Comunión con el obispo. La primera forma comunitaria del ministerio sacerdotal se da «en la medida que esté en comunión jerárquica con el propio obispo. El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y colaboración responsable y necesaria con el ministerio del obispo» (PDV 17). Esto se funda en que entre obispo y presbíteros se da «comunión en el mismo sacerdocio y ministerio» (PO 7). De ahí que la «obediencia sacerdotal» tenga como nota peculiar y diferenciadora el estar «penetrada de espíritu de colaboración» y «se funda en la participación misma del ministerio episcopal» (PO 7). Esta convicción está en la base de la insistencia de los primeros escritos teológicos sobre la necesaria comunión con el obispo. 
  • Comunión con los demás sacerdotes. No es suficiente la relación íntima y personal de cada sacerdote con el obispo, ni siquiera la que debe darse entre el presbiterio y el obispo, que constituyen un mismo cuerpo colegial. Los sacerdotes entre sí están llamados por el sacramento del orden compartido a establecer especiales vínculos de comunión pastoral. PDV 17 se hace eco en este punto de la doctrina conciliar (PO 8) cuando escribe: «Cada sacerdote, tanto diocesanos como religiosos, está unido a los demás miembros del presbiterio, gracias al sacramento del orden, con vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad». No puede ser de otra forma si se tiene en cuenta que todos los presbíteros trabajan por la misma causa, «cooperan a la misma obra». Ello conlleva en buena lógica teológica el ejercicio comunitario compartido: PDV 23d. 

A la vista de esta doctrina teológica, y teniendo ante los ojos el ejemplo de Jesús, el concilio pudo afirmar de forma tajante e incluso provocadora: «Ningún presbítero puede cumplir cabalmente su misión aislado y como por su cuenta, sino sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de los que están al frente de la Iglesia» (PO 7). Y a los que van a ser enviados a otros países para prestar su colaboración pastoral se les dice:«No se envíen, en cuanto sea posible, los presbíteros uno a uno, sino, a ejemplo de los discípulos de Cristo, por lo menos de dos en dos o de tres en tres, a fin de que se presteen mutua ayuda» (PO 10). 
     Para preparar los ánimos a este talante ministerial de los presbíteros, el concilio recomienda diversos cauces operativos que fomentan, actualizan la fraternidad sacramental y que han sido ensayados en diversas partes de la Iglesia (cf. PO 8).

3. Algunas reflexiones

  • La forma comunitaria del ministerio, el entender éste como tarea colectiva es una exigencia teológica derivada de la praxis de Jesús y del sacramento del orden. A ello se suma, sin ser por ello la última razón, el ambiente favorable de nuestros días a las dimensiones comunitarias y solidarias. Se sintoniza así con la «onda actual», pero no es simplemente una opción dictada por la moda dominante. 
  • El ministerio ordenado tiene como finalidad la construcción y guía de la comunidad. Por tanto, ese objetivo parece requerir un instrumento que sea él mismo comunitario, para que la comunidad se genere desde un talante y estilo medularmente comunitario. 
  • El ejercicio comunitario del ministerio ordenado no es un punto de simple estrategia pastoral o de eficacia apostólica, aunque esto deberá contar también en quienes deben procurar la «caridad efectiva». Jesús relacionó la unión de los enviados con la obtención de la finalidad para la que fueron enviados: «Que sean uno para que el mundo crea». 

Un clero insolidario e individualista es hoy antisigno para nuestro mundo, y de modo especial para nuestros fieles, a los que se les insta constantemente a formar comunidad y a transitar por sendas comunitarias. Un sacerdote individualista e insolidario con el presbiterio y con los demás sacerdotes, aunque haga «milagros» pastorales, no responde al tipo de sacerdote que nace del concilio y que la Iglesia propugna hoy (cf. Med. 11.14; Puebla 663).

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