Pastoral de la Vocación

La Vocación en la Biblia

Este artículo está escrito por Instituto Vocacional Maestro Ávila

Llamados en el seno de un Pueblo

Definimos la vocación como un acontecimiento misterioso, es decir, un suceso, algo que ocurre en la vida del hombre. Y, como todos los acontecimientos, ocurre en un contexto bien definido. Es llamativo que siempre aparece una referencia a la vida y las necesidades del pueblo de Dios. Se describen con detalle situaciones en las cuales se muestra la necesidad de personas que actúen corrigiendo el rumbo de la historia que les tocaba vivir. Muy poco se dice de las inquietudes íntimas de aquellos que son llamados. Suponemos que las tenían, pero los textos no se fijan en ellas. Más bien resaltan los datos objetivos, lo que pasa fuera de las personas. Se ve con claridad que las situaciones sociales y religiosas del pueblo son muy relevantes en el planteamiento de la vocación. Así, la esclavitud del pueblo en Egipto es el escenario de la acción de Moisés que lo libera; la esperanza mesiánica es el marco de la maternidad de la Virgen; la defección de Judas está en la base de la elección de Matías como testigo de la resurrección de Jesús. La vocación es un acontecimiento que sucede en medio del pueblo, como parte de su misma vida. Por eso es imposible comprender los motivos de la vocación sin conocer el contexto histórico en que se da.
Hay un dato aún más importante: la vocación de las personas individuales se narra en el contexto de una llamada de Dios al pueblo en su conjunto, de modo que todos en el pueblo son llamados, aunque sólo se nos narre la vocación de un líder. Él está para que todos comprendan la vocación que Dios les da y lo obedezcan. De esta manera al enviar Dios a Moisés dice a la vez al pueblo: «Seréis para mi un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6). Al llamar a la Virgen María hay una fuerte referencia al pueblo: «Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia» (Lc 1,54). Matías es elegido para ser testigo de la resurrección (Hech 1,22) delante de todo el pueblo. Por esta razón las narraciones vocacionales del Antiguo Testamento suelen inaugurar una etapa de la historia del pueblo.

El Acontecimiento Vocacional

La vocación no aparece en la Biblia como un tema teórico o doctrinal. Simplemente se narra, porque es considerada como un acontecimiento. Es un hecho que ha sorprendido a los hombres a lo largo de la historia porque los incorpora al plan de salvación de Dios. Este es el hecho sorprendente: Dios llama. Y lo hace aunque a veces se dude de su presencia y de su fidelidad. Llama incluso a personas que directamente lo atacan, como a san Pablo (Hech 9,21) o que se niegan a obedecer como Jonás (Jon 1,3).
Las personas reciben la llamada como un envío global: «Ve a hablar a ese pueblo» (Is 6,9); «Venid detrás de mí» (Mc 1,17); «¡Venid y lo veréis!» (Jn 1,39). Envío que va a desarrollarse en un conjunto de actividades de muy distinta naturaleza. El hombre lo acepta sin ver con claridad todo lo que supone y cada día tiene que redescubrir el sentido de la llamada original. Al ir detrás de Jesús se convierte en un apóstol, aprende en el grupo de los doce y se convierte en testigo de la resurrección. Ser madre de Jesús implica adquirir una función maternal amplia entre los apóstoles y en la Iglesia. Sin embargo, todas esas implicaciones, no se ven al principio.
Lo más importante en este acontecimiento vocacional es la confianza en Dios que llama. Por eso los personajes del Antiguo Testamento tienen un gran interés en saber quién los envía. Quieren saber su nombre y garantizar que es el Dios de sus padres. Los discípulos en el Evangelio van detrás de Jesús, sin saber bien a dónde, pero confiando plenamente en él. En los otros escritos del Nuevo Testamento los que son llamados se fían de la Iglesia que los llama y que hace oración por ellos.

Los Protagonistas de la Historia

La vocación es cuestión de diálogo, y lógicamente pide apertura en las personas que dialogan. Hay dos personajes que intervienen en el contexto de las situaciones del pueblo: Dios y el hombre. Es relevante que, pese a la conciencia que tienen los autores bíblicos de la santidad de Dios, hacen que Dios y el hombre se relacionen como verdaderas personas. La vocación es así una obra de colaboración en la que ambos ponen lo que les corresponde conservando sus características de hombre y Dios.
Dios que llama es, en el Antiguo Testamento, el Dios de los padres, que ha hecho junto con el pueblo el camino de su historia. En los Evangelios es Jesucristo, Dios encarnado, quien llama por propia iniciativa a los hombres: «yo os envío» (Mt 10,16). En el tiempo de la Iglesia son la comunidad cristiana y sus responsables quienes llaman en nombre de Dios. Se supone una comunidad abierta a la presencia del Espíritu de Jesucristo y, porque se sabe continuadora de la misión del Hijo de Dios, llama en su nombre.
Por otro lado está el hombre. Es la otra persona que dialoga, y como tal persona tiene en la Biblia una gran dignidad. Se describe al hombre que es llamado en sus circunstancias históricas y familiares (cf. Jue 6,11). Se cuenta con él y su capacidad de comprender la misión que se le encomienda. Tiene la posibilidad de poner sus objeciones porque él es verdadero actor de su misión. El hombre recibe de Dios la llamada, pero para secundar este don gratuito es necesario que ponga en juego todas sus posibilidades humanas. Dios es así el verdadero protagonista, pero, al mismo tiempo, el hombre es auténtico colaborador y agente de su propia vocación.

Movidos por amor y desde el amor

Toda acción tiene una razón de ser y una finalidad, es decir, un por qué y un para qué, que están íntimamente relacionados. La vocación supone una acción de Dios que llama. Conviene, pues, que preguntemos a los textos bíblicos: ¿por qué llama Dios?
Hay una primera constatación negativa: Dios no llama a las personas por razón de sus cualidades o virtudes. Los textos son contundentes al respecto. Subrayan más bien la incapacidad del hombre para realizar la misión que Dios le encomienda. Así el Señor llama a Moisés, un tartamudo, para que hable al Faraón; al pequeño Gedeón, para liberar al pueblo de Israel; a los primeros discípulos, pobres pescadores, para ser pescadores de hombres.
La llamada de Dios tiene como motivación, en último análisis, su amor por el pueblo en las concretas situaciones históricas. El por qué de la llamada a Moisés está en que Dios ha mirado la aflicción del pueblo y de hecho ya ha bajado para liberarlo (Ex 3,7-10). Gedeón debe mostrar con su vida que Dios está realmente con el pueblo y actúa en medio de él (Jue 6,13). Matías se suma al grupo de los apóstoles porque el pueblo necesita el anuncio y testimonio de la resurrección (Hech 1,22). Dios llama, consecuentemente, porque desea el bien del pueblo y quiere establecer con él una alianza de paz, en la que los hombres lleguen a ser hombres en plenitud según el orden concebido desde la creación. La alianza siempre tiende a restablecer los lazos de unión del hombre con Dios, de los hombres entre sí y del hombre con la creación. Dios llama porque quiere, porque ama con absoluta fidelidad al pueblo y quiere escribir con él su historia de salvación.
Desde este punto de vista se comprende cómo la llamada de Dios no es un privilegio individual. Más bien hay que decir que su voluntad se dirige al pueblo, y llama al hombre individual como miembro del pueblo y para servicio del pueblo, con un sentido instrumental. Lo importante no es el hecho de ser llamado, sino que la misión entre el pueblo se lleve a cabo de la mejor manera. Así se pueden interpretar expresiones como «te consagré», «te designé»: es toda la persona que se dedica a la misión.

Reacciones y resistencias al amor

Ante la llamada de Dios, la mayor parte de los personajes bíblicos se ven sorprendidos. Hay diferentes tipos de reacciones: algunos lo hacen con temor, como María (Lc 1,34); otros, con una gran conciencia de su propia incapacidad, como Moisés (Ex 3,11) y Gedeón (Jue 6,15); otros más, ofreciéndose y siguiéndole inmediatamente, como Isaías (Is 6,8) y los primeros discípulos (Jn 1,39-Mc 1,18-20).
En esta reacción inmediata, sobre todo en el Antiguo Testamento, hay una gran preocupación de los que son llamados por asegurarse de que es Dios quien llama. Piden su nombre en repetidas ocasiones y piden también pruebas de su presencia divina. Todo hace pensar que se lanzaban a una empresa que los sobrepasaba confiando exclusivamente en Dios que llama. De esta manera se puede afirmar que la actitud de quien ha sido llamado no puede ser el orgullo, o la vanidad, o ese afán de solucionar los problemas fundamentándose en las propias capacidades. Realizarán la misión gracias a la ayuda de Dios que, en los textos, resiste la gravedad de una consagración para toda la vida: «Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir» (Ex 4,12); «Yo estaré contigo y derrotarás a Madián como si fuera un hombre solo» (Jue 6,16). «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35).
La actitud de quien es llamado, tiene así los rasgos de una gran humildad y un profundo agradecimiento. Son, por ejemplo, las palabras de María en su oración «Mi alma engrandece al Señor… porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,47-48), o las del profeta Isaías: «Heme aquí, envíame a mí» (Is 6,8). Quien es llamado ha de dejarse poseer por el Espíritu de Dios y, humildemente, obedecer su voz.

Comprometerse en la Misión

Los textos bíblicos insisten en la eficacia de la palabra de Dios que llama. Es una Palabra poderosa que no vuelve a Dios sin producir sus frutos. Por ello, como una consecuencia de la intervención de Dios, se muestra cómo las personas realizaron efectivamente la misión.
La misión que Dios encomienda no se concibe como la simple ejecución de unas tareas, sino como la realización de una función concreta en la historia de salvación. De esta manera la vocación de Matías no consiste en hacer cosas, sino en constituir con su vida un signo y un testimonio de la resurrección del Señor. La vocación de María no se reduce a dar a luz al Salvador, sino que se constituye como función maternal en la historia salvífica.
Dios llama así a las personas para que, como verdaderos colaboradores, se comprometan en un amor al pueblo semejante al suyo. Y un compromiso de esta naturaleza implica todo lo que la persona es, su dedicación plena, a la vez que una multitud de tareas. Y desde aquí hay que afirmar que la vocación se refiere a lo que la persona es y no sólo a lo que la persona hace.

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