Pastoral de la Vocación

Catequesis vocacional con jóvenes

Categorías Sembrar Vocaciones
Este artículo está escrito por J. Sans Vila y D. Hernández

La catequesis vocacional con jóvenes es uno de las herramientas que se usan habitualmente en el itinerario de discernimiento. Aquí ofrecemos dos textos, tomados de «El libro de las voces y los ecos» (Salamanca: Sígueme, 2014), de Jorge Sans Vila, en los que se presenta la vocación como lo que el hombre aún no es y que, sin embargo, se siente llamado a ser. Si bien puede ser adaptada esta catequesis según las circunstancias, lo más apropiado es desarrollarla en un grupo no muy numeroso, de 10-12 jóvenes (si fueran más, es preferible dividir al grupo).

Generar la pregunta por la vocación

El catequista o animador, después de dar la bienvenida a todos y después de haberse presentado, si no lo han hecho aún, puede comenzar la reunión con estas o parecidas palabras:

  • No sé si alguna vez os habréis planteado quiénes soy. En cuando miráis vuestra vida, podéis daros cuenta de algunas cosas que son obvias: tu familia, tus amistades, el lugar donde vives, tus estudios o tu trabajo… Son datos más o menos objetivos que te sitúan en un contexto determinado y que en gran medida te han hecho ser lo que eres. Pero aún hay más: las cosas que te gustan, tu manera de pensar, tus sentimientos, la forma en que te relacionas, aquello que te resulta incómodo… Las personas no solamente «somos» por fuera, como un objeto que es fácil describir. También somos «por dentro», donde reside verdaderamente quienes somos. Es más fácil describirnos externamente, como cuando tenemos que hacer un trámite oficial: fecha de nacimiento, lugar, número de identificación, domicilio… Ya sabemos todos que nosotros «somos más que eso».

Describirse por dentro

A continuación, se pide a los jóvenes que traten de describirse «por dentro»: las cosas que les gustan más, cómo eligen a sus amistades, qué creen que les ha aportado su familia a su forma de ser… Es necesario dejar un momento para pensarlo. Lo interesante aquí es que puedan reflexionar sobre ellos mismos. Saber expresar estos aspectos requiere de cierta paciencia y un ambiente de grupo «amigable». Una vez que todos han hablado, el catequista introduce el texto de reflexión sobre la vocación de la siguiente manera:

  • Como veis, en nosotros hay mucho más que cosas exteriores. Pero también me atrevo a deciros que hay algo que también nos constituye, que arranca de lo que somos y nos impulsa hacia lo que debemos ser: la vocación. Os voy a entregar dos textos que debéis leer con detenimiento. Subrayad aquello que no entendáis bien o que os llame especialmente la atención.

Y seguidamente, se entregan los dos textos fotocopiado a cada participante para que lo puedan trabajar de manera personal. Podéis descargar aquí el archivo adjunto:

Vocación I

«Entre los pocos papeles que, a su muerte, dejó Descartes, hay uno, escrito hacia los veinte años, que dice: Quod vitae sectabor iter? «¿Qué camino de vida elegiré?» Es una cita de cierto verso en que Ausonio, a su vez, traduce una vetusta poesía pitagórica, bajo el título: De ambiguitate eligendae vitae. «De la perplejidad en la elección de vida.»

Hay en el hombre, por lo visto, la ineludible impresión de que su vida, por tanto, su ser, es algo que tiene que ser elegido. La cosa es estupefaciente; porque eso quiere decir que, a diferencia de todos los demás entes del universo, los cuales tienen un ser que les es dado ya prefijado, y por eso existen, a saber, porque son ya desde luego lo que son, el hombre es la única y casi inconcebible realidad que existe sin tener un ser irremediablemente prefijado, que no es desde luego y ya lo que es, sino que necesita elegirse su propio ser. ¿Cómo lo elegirá? Sin duda, porque se representará en su fantasía muchos tipos de vida posibles, y al tenerlos delante, notará que alguno de ellos le atrae más, tira de él, le reclama o le llama. Esta llamada que hacia un tipo de vida sentimos, esta voz o grito imperativo que asciende de nuestro más radical fondo, es la vocación. 

En ella le es al hombre, no impuesto, pero sí propuesto, lo que tiene que hacer. Y la vida adquiere, por ello, el carácter de la realización de un imperativo. En nuestra mano está querer realizarlo o no, ser fieles o ser infieles a nuestra vocación. Pero ésta, es decir, lo que verdaderamente tenemos que hacer, no está en nuestra mano. Nos viene inexorablemente propuesto. He aquí por qué toda vida humana tiene misión. Misión es esto: la conciencia que cada hombre tiene de su más auténtico ser que está llamado a realizar. La idea de misión es, pues, un ingrediente constitutivo de la condición humana, y como antes decía: sin hombre no hay misión, podemos ahora añadir: sin misión no hay hombre» (Ortega y Gasset).

Vocación II

«La vida consiste, precisamente, en que uno trata de darle significación al nombre propio. Nombre que cuando uno nace no tiene significación ninguna, pero uno se la va dando.

El hombre no elige lo que es, sino que se encuentra con ello —yo me encuentro con que soy hombre y no cocodrilo, nacido en el siglo XX y no el siglo XII, español y no ruso, nacido con estas condiciones, en esta familia determinada, y que tengo este cuerpo y esta alma—, son mis circunstancias, lo que soy no puedo elegirlo, pero lo que yo sí puedo elegir es quién voy a ser, quién quiero ser.

Además, a esto concurre una vocación — que tampoco elijo— que me encuentro con ella, que me llama, que me es propuesta, pero no impuesta, y a la que, por tanto, puedo serle fiel o serle infiel, me deja libre. Las circunstancias no. La vocación sí. Soy libre para seguirla o puedo apartarme de ella, porque tiene dificultades, por ejemplo, entonces me falsifico. No soy yo, sino otro.

Yo creo que he tenido conciencia bastante clara y cierta precocidad en descubrir mi vocación: porque la vocación se descubre poco a poco: la vocación profesional y, sobre todo, la vocación personal de ser alguien, uno mismo» (Julián Marías).

Para la reflexión

Una vez que han leído y trabajado los textos, abrimos una ronda de reflexiones, primero para que si alguno no ha comprendido bien algo pueda preguntarlo, y después para que todos puedan compartir aquello que les ha llamado más la atención, indicando por qué. Una forma que puede ayudar a hacerlo es poner ejemplos de su propia vida: «yo he sentido esto que dice aquí, porque una vez…». Después, el catequista puede animar la reflexión con las siguientes preguntas que los jóvenes pueden ir respondiendo voluntariamente. Escuchar la experiencia de los otros es un buen camino para que otros puedan descubrir la suya propia.

  • ¿Alguna vez habías pensado la diferencia que hay entre lo que eres y lo que estás llamado a ser? ¿Qué sentimiento te produce esta distancia: angustia, alivio, ilusión, deseo de esfuerzo, miedo a no alcanzarlo?
  • Uno de los textos dice que la elección de lo que uno está llamado a ser tiene que ver con aquello a lo que te sientes atraído. Si imaginas tu vida dentro de 20 años, ¿cómo te gustaría que fuera?
  • El texto de Julián Marías indica que la vocación «es propuesta, no impuesta». ¿Qué te parece esto? ¿Qué sientes cuando alguien quiere imponerte algo?
  • Vocación-Misión. ¿Qué relación crees que hay entre estas palabras?
  • Después de haber leído estos textos, es posible que algunas cosas sobre al vocación te queden más o menos claras. ¿Cómo definirías tú ahora la vocación?

¿Y si es Dios quien llama?

Después de esta reflexión sobre los textos, se pasa a dar alguna pincelada que deberá desarrollarse más adecuadamente en otro encuentro, pero que conviene apuntar ya. El catequista introduce el tema con estas o parecidas palabras:

  • Para los cristianos, el proyecto de vida tiene que ver con el Evangelio, con el seguimiento de Jesús, que se concreta después en las distintas vocaciones en la Iglesia. Los cristianos nos sentimos llamados por Dios a colaborar con su Reino a través de una vocación concreta, que es única, que es para mí. Por eso todos tenemos que descubrir nuestra vocación: el plan que Dios nos propone para nuestra vida. La Biblia nos cuenta historias de hombres y mujeres a los que Dios llamó para una misión determinada. Tienen muchas cosas en común, pero sobre todo la iniciativa de Dios, que quiere contar con ellos, las dudas que esta llamada suscita en la persona escogida y finalmente la respuesta que esa persona da.
  • Abraham, Moisés, Isaías, Ester, Jeremías, Gedeón, María, Mateo… todos fueron personas a las que Dios llamó y que afrontaron su vocación con generosidad. No todos fueron llamados para lo mismo, pero Dios encontró en ellos disposición para acoger su llamada.
  • Tal vez esto es lo más importante: tener disposición de ánimo, querer ofrecerle a Dios nuestra vida allí donde nos llame.

Ofrecer a Dios la vida

Para el momento final vamos a hacer una pequeña oración. Lo principal es animarles a tener un corazón dispuesto ante Dios. Se hace un pequeño silencio, y se orienta la oración con estas o parecidas palabras:

  • Los creyentes queremos poner nuestra vida en manos de Dios, de manera especial ahora, que somos jóvenes y queremos afrontar con un corazón generoso los grandes retos de nuestro mundo. Abramos nuestra alma ante Dios y digámosle en silencio que queremos estar disponibles para Él. Repitamos interiormente: Señor, aquí me tienes. Señor, aquí me tienes.

Después todos juntos hacen la oración de Carlos de Foucauld:

Padre, me pongo en tus manos, 
haz de mí lo que quieras, 
sea lo que sea, te doy las gracias. 

Estoy dispuesto a todo, 
lo acepto todo, 
con tal que tu voluntad se cumpla en mí, 
y en todas tus criaturas. 

No deseo nada más, Padre. 

Te confío mi alma, 
te la doy con todo el amor 
de que soy capaz, 
porque te amo. 

Y necesito darme, 
ponerme en tus manos sin medida, 
con una infinita confianza, 
porque Tú eres mi Padre.

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