Pastoral de la Vocación

Fraternidad sacramental

Apuntes sobre la fraternidad sacramental de los presbíteros

Etiquetas Sacerdocio
Este artículo está escrito por Yolban Figueroa

Sobre la fraternidad sacramental de los presbíteros se ha escrito bastante. El riesgo latente es generar el efecto contrario del buscado: el hastío de los presbíteros hacia la vivencia de ésta y la animadversión al propio tema. Pero estimo que es un tema sobre el que hay que insistir siempre. En el ámbito propiamente presbiteral, puede hacer –con plena propiedad– de apalancamiento de la formación continua. Es decir, crecer presbiteralmente –o crecer como presbíteros– implica el crecimiento de la conciencia de la condición fraterna y en la de estar al servicio de la fraternidad bautismal –la de todos los fieles cristianos.

Cuando se trata de temas que tienen que ver directamente con la existencia, o que son temas de sentido, es siempre importante estudiar sus raíces y el humus donde estas se nutren. Por eso, sobre este tema vamos a recordar algunos datos fundamentales, aunque sólo sea brevemente.

La fraternidad: «piedra de toque» de la antropología cristiana

Uno de los primeros datos a tener en cuenta sobre la fraternidad sacramental por parte de los presbíteros, consiste en recordar que su condición existencial como presbíteros proviene de la fuente de la vida cristiana: antes que presbíteros son cristianos; y son presbíteros de la Iglesia porque son cristianos en la Iglesia.

A la identidad cristiana se llega por haber sido engendrados tales por el Espíritu y la Palabra en el seno de la Iglesia (esto es, el sacramento del Bautismo. Conviene tener en cuenta el tema del nuevo nacimiento en la vida espiritual. Cf. Jn 3, 3ss.): el ser humano, que procede de una cultura y una geografía concretas, es engendrado cristiano en el tiempo, de manera que es en el tiempo que puede llegar a ser verdaderamente tal. El ser humano no nace con la disposición plena de todas sus facultades, sino que va adquiriendo progresivamente tanto el conocimiento como el empleo de las cualidades propias de su condición. Este dinamismo se cumple también en la vida espiritual cristiana, porque esta no discurre separadamente y como en otra dimensión distinta de la vida humana, sino en ella misma, que es una y la misma.

Así las cosas, a la persona humana nacida cristiana compete la emergencia, en el tiempo de su gestación, de hacerse plenamente en Cristo: el Hermano universal.

Esta antropología tiene sus raíces en la gran tradición bíblica: Eva es creada «frente» a Adán como reflejo, como ayuda para interpretar su condición creatural humana (cf. Gn 2, 18.20); y es en la comunión fraterna donde se percibe con mayor nitidez la palabra del Padre que convoca y anticipa la realización plena de la vocación humana (cf. Gn 49, 1). 

La espiritualidad sapiencial recoge esta intuición: «¡Mira que es bueno y da gusto que los hermanos convivan juntos!» (Sal 133, 1), descubriéndonos que es en la vida fraternalmente compartida que el óleo del Espíritu se derrama abundantemente: «Como ungüento fino en la cabeza, que va bajando por la barba de Aarón, hasta la orla de sus vestidos» (Sal 133, 2). Y la espiritualidad juanea recoge esta sentencia de Jesucristo: «Todos reconocerán que son discípulos míos en una cosa: en que se tengan amor los unos a los otros» (Jn 13, 35), en la que se muestra cómo en el conjunto de la espiritualidad bíblica se produce un in crescendo en la comprensión, en la conciencia de la fraternidad como condición fundamental del vivir humano. 

Ser cristiano es acoger y ordenar el vivir humano según esta antropología bíblica; es disponer y configurar la totalidad de la existencia de acuerdo al diseño, al modelo de la persona humana de la tradición bíblica, de la cual Jesucristo es el modelo e interprete auténtico, como nos lo recuerda el Magisterio en un texto que concentra la tradición cristológica «Cristo manifiesta el hombre al propio hombre» (GS 22).

El conjunto del magisterio del actual papa Francisco (vida y palabras = testimonio) se caracteriza, entre otros rasgos, por el servicio a la fraternidad humana, con lo cual diseña toda una condición, un criterio para discernir la vocación al ministerio pastoral en su conjunto, y al presbiteral en concreto. Y teniendo en cuenta que Cristo, el Hermano universal, posibilita y está al servicio de –en cuanto que, desde la antropología bíblica, él la crea y mantiene en su existencia– la fraternidad humana, es válido afirmar que esto de la fraternidad sacramental no es un simple adorno, sino que constituye un «centro crítico» en el discernimiento de la identidad presbiteral.

La fraternidad sacramental: «centro crítico» de la espiritualidad presbiteral

La forma de la identidad presbiteral es la fraternidad «de», «en» y «por» Cristo, idea que el concilio Vaticano II concentró calificándola de sacramental (cf. PO 7); con lo cual, además, ha subrayado el elemento diferenciador entre la fraternidad como forma de la identidad tanto del fiel cristiano como del presbítero: mientras que la fraternidad de los fieles cristianos queda contenida y expresada con los artículos «de» y «en» Cristo, la de los presbíteros contiene además el «por» Cristo: porque está «puesta» en función y al servicio del crecimiento, maduración y sostenimiento de la fraternidad de los fieles cristianos, para que estos, a su vez, edifiquen el mundo con el fiel reflejo de la fraternidad de Cristo.

La forma, es decir, la espiritualidad presbiteral, es la fraternidad sacramental. Y la fraternidad conlleva algo de «impositivo», en el sentido de que los hermanos no se eligen, sino que se reciben: el presbítero es «agregado» a un presbiterio; cada nuevo presbítero es el don del hermano que el Señor concede al presbiterio al que es agregado. Otros autores espirituales prefieren la imagen del presbiterio como seno materno, como matriz en la que el Espíritu y la Palabra (el sacramento) engendran cada nuevo «hijo-presbítero». Por su parte, el presbiterio, como seno, debe ser fecundo en concebir, en «formar» en cada presbítero al hermano, al hombre de la fraternidad sacramental.

Teniendo esto en cuenta, es importante atender en todos los niveles de la formación-gestación de los presbíteros el despertar, el acrecentamiento, el sostenimiento y la maduración («dinamismo sacramental») de la conciencia de la fraternidad sacramental, de ese núcleo duro que es la espiritualidad. Y siendo el núcleo duro de la identidad presbiteral, constituye «la verdadera intimidad, aquella tierra inexplorada que es Dios con nosotros» (Emile van Broeckhoven); con esta intuición también se confirma el por qué el concilio Vaticano II la ha calificado de sacramental.

Porque los hombres no se limitan a la apariencia externa, esto es, a la figura, sino que su verdadera identidad está en la intimidad a la que nos hemos referido con las palabras de Emile van Broeckhoven, es fundamental que los presbíteros eduquen los sentidos espirituales, los únicos capaces de percibir esa verdadera intimidad del prójimo, que es presencia sacramental de Cristo-hermano.

Esta «educación» de los sentidos espirituales requiere del Espíritu y la Palabra, cuya ejecución se articula mediante el dinamismo sacramental en la vida de cada comunidad presbiteral (presbiterio) y en cada presbítero, pues, al fin y al cabo, es el sacramento el que constituye al presbítero. De manera que, la relación de cada presbítero y de cada presbiterio con el Espíritu y la Palabra son fundamentales para convertirse al ser presbiteral, cuyo núcleo identirario es la fraternidad sacramental.

El rol del «centro crítico»: la fraternidad sacramental, «piedra de toque» de la espiritualidad presbiteral

Ya tenemos el «centro crítico» de la espiritualidad presbiteral: la fraternidad sacramental. Este centro crítico viene confirmado, además, por la tradición espiritual juanea con estas palabras: «Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y a la vez desprecia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y nosotros hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 20-21). Una auténtica espiritualidad presbiteral es aquella que tiene por forma la fraternidad sacramental.

El rol de un centro crítico es hacer de anclaje, de piedra de toque a la cual asirse, y de lámpara cuya luz ilumina el andar de la vida espiritual de un presbiterio y de cada presbítero. El centro crítico representa la medida, los límites de la forma de la identidad, de la espiritualidad presbiteral; establece la forma referencial del crecimiento en la vida presbiteral.

La tarea por descubrir la verdadera intimidad propia y del otro, aquella tierra inexplorada que es el Emmanuel, para crecer hasta esos «límites ilimitados» que es Jesucristo, plenitud de la divinidad, es la medida, el peso específico, la anchura y la longitud del alma de cada presbítero. En cuanto al presbiterio, este ha de ser el seno materno donde tiene lugar la gestación ininterrumpida, en el tiempo, de los presbíteros de la Iglesia de Dios.

La fraternidad sacramental, en cuanto piedra de toque de la espiritualidad presbiteral, examina, sondea, pone a prueba y purifica la vivencia espiritual de cada presbítero y del presbiterio, haciendo posible el crecimiento en Cristo-Hermano, sobre todo en aquello que cae dentro del campo identitario de los presbíteros.

1 Comentario

  1. Nelson Molina

    Excelente articulo. Profundo y sencillo.
    Gracias padre Yolban

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