¿Qué es una perla?
¿Saben ustedes lo que es una perla? Cuando un cuerpo extraño, por ejemplo, un granito de arena, se introduce en el interior de una ostra, el animal reacciona cubriéndolo poco a poco, con capas de nácar, hasta formar esa esfera maravillosa.
Cuando Cristo alcanzó el corazón de Edith, sin que ella lo supiera, el Señor fue aportando capa tras capa alrededor de aquella alma tan especial, hasta convertirla en esa perla magnífica que es Santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Conversión Iª
El pueblo judío siempre ha sido un pueblo independiente, valiente, orgulloso de su fe. Durante siglos, la fe de los judíos se ha levantado por encima de los acontecimientos históricos, a veces duros y sangrientos, proclamando que son hijos de Abraham, de Isaac y Jacob. Todo judío, bueno o malo, justo o pecador, siempre deja claro lo que es y qué significa en su vida.
Jesús de Nazaret, tan judío como el que más, sabía que, al alma de Edith, su fe se le iba a quedar pequeña. Y así fue. A la edad de 15 años, como ella misma nos dice: “…con plena conciencia y en una libre elección, dejé de rezar» Edith, como tantos adolescentes, ha caído en el ateísmo. O en lo que ella creía que era el ateísmo.
Y Cristo entero se le presenta un día, encarnado en la sencilla fe de una mujer que, volviendo del mercado, entró en un iglesia unos minutos simplemente a saludar al Señor:
«Para mí fue algo bastante nuevo. En las sinagogas y templos que yo conocía, íbamos allí para la celebración de un oficio. Aquí, en medio de los asuntos diarios, alguien entró en una iglesia como para un intercambio confidencial. Esto no lo podré olvidar jamás».
Cuando le comunicó a su madre, fervorosa judía, su conversión, ésta le suplicó que no lo hiciera, que no traicionase su fe hebrea, que diera un paso atrás. Ante la negativa de Edith a renunciar a Cristo, la madre se rasgó las vestiduras y le dijo: – “Ya no eres mi hija”. A Edith se le partió el alma, pero el amor del Señor jamás la abandonó.
Edith, por fin, se dio cuenta de que ella no quería seguir esperando, seguir buscando al Mesías, que ella lo que quería era encontrarlo. Pero el Mesías ya la había encontrado a ella.
IIª Conversión
El feminismo era, ya en tiempos de Edith, una opción importante para muchas mujeres. Desde Inglaterra, con sus sufragistas, es decir, las mujeres que pedían el derecho al voto, se extendía por Europa y América una corriente que pugnaba por sacar a la luz la penosa situación que las mujeres arrastraban; se creaban grupos que aireaban, con razón, sus expectativas de cambio.
Tuvo la suerte de poder estudiar bachillerato el primer año en que Prusia permitió a las mujeres hacerlo. También luchó más tarde cuando tuvo que enfrentarse a unas universidades en las que aún se debatía el hecho de aceptar y dar títulos a las mujeres.
Ante estas situaciones, Edith fue pronto una feminista más. Enamorada de su propia condición de mujer, hizo de la libertad y la igualdad el objetivo de gran parte de su vida y sus esfuerzos. Pero ella era una mujer de una inteligencia brillante, arrolladora. Y supo captar bien la verdadera esencia del verdadero feminismo.
Esa esencia no es señalar distancias, no es marcar ámbitos ni establecer diferencias y separaciones entre el hombre y la mujer. El verdadero feminismo no separa, complementa; no distancia, abraza. Y Edith lo comprendió desde lo más hondo de su alma.
IIIª Conversión
Convertida ya en una filósofa famosa y reconocida, con una vida brillante abriéndose ante ella, convertida ya al catolicismo, parecía que Edith ya no podía avanzar más, que había alcanzado la plenitud.
Pero una mujer con una inteligencia tan arrolladora no estaba hecha para acomodarse a una vida fácil. Y, menos todavía, cuando caminaba siguiendo las huellas de Jesús.
Sentía en su interior no el deseo, sino la necesidad de una entrega total, absoluta. Como ella misma nos dice, quería «renunciar a todas las cosas de la tierra y vivir solo en el pensamiento de lo divino, porque la vocación carmelita, lejos de ser un escape de lo terrestre, es, al contrario, una forma concreta de encarnar un gran amor».
Así, el 15 de abril de 1934, a los 41 años, Edith Stein dejó libre el paso a Teresa Benedicta de la Cruz; la cruz, su gran aliada, su fuente de paz y consuelo. Su gran amor.
Sus superioras la animaron a continuar con sus escritos filosóficos y así, su último trabajo se tituló “Scientia Crucis”, “La ciencia de la Cruz”, un exhaustivo estudio sobre la espiritualidad de san Juan de la Cruz.
Pero a Teresa todavía le faltaba un paso que dar para el encuentro con Cristo: no UN sino El paso.
IVª Conversión
Los registros oficiales dicen que la presa número 44.074, del barracón número 36, Edith Teresa Hedwig Stein murió el 9 de agosto de 1942 en el campo de concentración nazi de Auschwitz. Fue gaseada en la ducha con ácido cianhídrico junto con su hermana Rosa.
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, mártir por su fe en Cristo, nació en esa misma fecha.
Cuatro conversiones para una misma mujer. El Señor fue cubriendo con capas de amor, de esperanza, de gratitud y de gloria aquel corazón tan especial.
Así, que de aquella niña que a los 15 años se declara atea, de aquella filósofa incansable, de aquella mujer valiente, de aquella carmelita ejemplar, Cristo logró una perla que sigue iluminando la vida de la Iglesia.






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