Cuando el miedo a perderse algo nos impide encontrarnos a nosotros mismos
Existe una ansiedad particularmente contemporánea que, aunque siempre ha acompañado de algún modo la experiencia humana, las redes sociales han convertido en una experiencia cotidiana y casi universal. Se conoce como Fear of Missing Out (FOMO): el miedo a quedarse fuera, a perder una oportunidad, a no participar de una experiencia que otros sí están viviendo. Es la inquietud que aparece cuando creemos que, mientras estamos aquí, la vida verdadera y satisfactoria ocurre en otra parte.
Las plataformas digitales han hecho de esta sensación un mecanismo permanente. Mientras navegamos por las historias, fotografías y videos de otros, recibimos el mensaje implícito de que siempre existe una experiencia mejor, una relación más plena, un trabajo más atractivo o una vida mejor que la nuestra. El resultado no es únicamente ansiedad, sino una creciente incapacidad para habitar el presente y asumir decisiones estables.
Implicaciones para la pastoral vocacional
Este fenómeno tiene implicaciones profundas para la pastoral vocacional que no consiste únicamente en promover vocaciones sacerdotales o religiosas, sino, ante todo, la misión de la Iglesia de ayudar a cada persona a descubrir el llamado único que Dios le dirige y a responder a él con libertad y alegría. Toda vocación supone una elección, y toda elección implica necesariamente una renuncia.
El problema del FOMO es que instala en el corazón humano la sospecha de que toda elección definitiva puede ser un error. Quien teme perderse algo difícilmente puede comprometerse plenamente con algo. Por eso no resulta extraño encontrar jóvenes que desean discernir su vocación, pero que simultáneamente experimentan una profunda resistencia a cerrar otras posibilidades. El temor no es solamente equivocarse; es la angustia de que exista, en algún lugar, una opción mejor.
Desde la Escritura
La Escritura conoce esta tensión, aunque no utilice nuestra terminología contemporánea. Jesús advierte repetidamente contra la ansiedad que dispersa el corazón: “No se preocupen por el mañana” (Mt 6,34). El joven rico, por su parte, experimenta precisamente el drama de quien es llamado, pero no logra desprenderse de las alternativas que considera más seguras (Mc 10,17-22). Y san Pablo llegará a afirmar que ha aprendido “a estar contento en cualquier situación” (Flp 4,11), presentando la gratitud y la confianza como antídotos contra la comparación permanente.
La lógica vocacional del Evangelio es, en cierto sentido, la contraria al FOMO. Mientras el FOMO nos dice que la plenitud está en multiplicar posibilidades, el Evangelio afirma que la plenitud se encuentra en responder a una llamada concreta. Jesús mismo lo expresa con una paradoja desconcertante: “El que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). La felicidad cristiana no nace de mantener abiertas todas las puertas, sino de entrar decididamente por aquella puerta a la que Dios nos llama.
Quizá uno de los mayores desafíos de la pastoral vocacional actual sea precisamente ayudar a los jóvenes a descubrir que la vida no consiste en experimentarlo todo, sino en encontrar aquello para lo que uno ha sido creado. Porque el verdadero riesgo no es perderse algo; el verdadero riesgo es pasar la vida entera sin encontrarse a sí mismo.






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