Pastoral de la Vocación

Abusos en la Iglesia: ¿Del silencio a la acción? II

Categorías Cuidar Humana
Este artículo está escrito por Aníbal Berbesí

Camino interdisciplinar, transdisciplinar

En la Jornada Europea para la Protección de los Niños contra la Explotación y los Abusos Sexuales del mes de septiembre de 2021, el cardenal Patrick O´Malley, insistía en la necesidad de reconocer que el sistema vigente ha fracasado a nivel cuantitativo y cualitativo en su tarea de garantizar espacios seguros de prevención y acompañamiento. Hizo un llamado a integrar aquellas recomendaciones que permitan el cambio para ser más eficaces en la tarea, que a propósito de los abusos, la Iglesia tiene por delante.  A su vez, señalaba la importancia de “aprender de los avances de la sociedad civil, del mundo académico en cuanto a modelos de investigación científica”.  

Es obvio que ninguna disciplina por sí sola puede abordar y dar respuestas al asunto de los abusos. Los campos de estudio de lo humano son tan amplios como los mismos dilemas infinitos de interacción y construcción de la realidad.  Las fórmulas teológicas no tienen mucha eficacia cuando la víctima se pregunta: dónde estaba Dios.  Lo jurídico aunque logre una sentencia a favor de las víctimas no repara la totalidad del daño, de igual manera aplica para el derecho canónico.  

Los medios de comunicación aunque juegan un papel esencial, a veces pueden violentar la privacidad y caer en conjeturas maliciosas.  La sociedad, los sistemas de salud, los sistemas educativo y de entretenimiento, no terminan de acoplar ni asimilar el problema en función de la concienciación y acción.  Cada aporte, en cada experiencia, en cada campo de lo humano es oro para la comprensión y atención del problema. Este aporte debe hacerse de manera integral abriendo cauces para compartir, comunicar, asimilar y llegar a sumar fuerzas.

El momento es aquí y ahora, estamos obligados a marcar precedentes, reconociendo que los abusadores (no sólo dentro de la Iglesia) buscarán nuevas formas de moverse y pasar desapercibidos en las dinámicas y tensiones que surgen en la carrera de “civilizar”, amparados por el progreso.

Un camino de aprendizaje para la Iglesia

La Iglesia puede aprender mucho de los aciertos y desaciertos de los procesos de acompañamiento psicosocial y las políticas aplicadas en la reparación de víctimas. Comisiones de la verdad, movimientos y asociaciones, han hecho camino de búsqueda de justicia ante crímenes (obvio que los de orden sexual no quedan fuera de la lista) en dictaduras, guerras de guerrillas y otras circunstancias de violencia sistemática. 

Los más desamparados han soportado el estigma de la violencia, a su vez han encontrado el apoyo en las instituciones e universidades comprometidas con brindar un acompañamiento de calidad; aclarando que no son las víctimas sujetos de estudio y experimento, sino más bien en la interacción de aprendizajes, se abre paso a la reparación colectiva.  Testimonios de comunidades han tenido voz, más allá de la medicina, la sociología, psicología y las preguntas de las ciencias jurídicas; que van de la mano con la vivencia en el propio pellejo, de lo traumático, de aquello que no se puede traducir a palabras.

Estamos ante la subjetividad del mundo de la víctima, el terreno sagrado que no terminamos de captar en su esencia.  Tampoco lo hará en su totalidad un manual de trastornos diagnósticos en psiquiatría, ni el constructo o definición más consensuada, ni la opinión pública, ni la Iglesia por sí sola.

Avanzar en el camino

En las últimas décadas del siglo pasado, dentro de las disciplinas sociales, se llegó a sobrevalorar la acción de los criminales, asesinos en serie y violadores. Todavía existía incredulidad para el estudio y uso de la perfilación de los criminales, sus patologías y mecanismos de acción, que ha sido de vital importancia para la prevención.

Hoy no se puede despreciar ningún avance, desde las neurociencias hasta campos que apenas se comienzan a nombrar, ¿cómo es posible articular las disciplinas para el abordaje de los abusos?,¿es la Iglesia consciente, capaz, de la necesidad de integrar estos avances a sus procesos de formación, metodologías y de reflexión?.

Los valores de algunas épocas y lugares han llegado a justificar la esclavitud. Las masacres, las relaciones sexuales con menores, los excesos y tantas otras acciones que hoy no son aceptables por la mayoría.  La filosofía de aparato crítico, de análisis de discurso y de fundamento para los derechos humanos, nos ayuda a profundizar, por ejemplo, sobre la violencia que se ejerce sobre los cuerpos, del cuidado de sí mismo para el auténtico cuidado del otro, el papel de la memoria histórica y la justicia, de la empatía sana que alcanza la alteridad en el rostro del otro, sobre el mal, el poder, y el sufrimiento. 

Entre tantas tareas pendientes, ¿cómo ampliar el desarrollo y conexiones de la filosofía como aporte para la comprensión de los abusos?; con el debido respeto a todas las escuelas en su valor intrínseco ¿haría falta dentro de la Iglesia tomar más en serio a los padres de la sospecha, que las reflexiones medievales que se siguen siendo la base de la antropología con la que se abordan los abusos?. 

Reconocer la banalidad del mal, el mal ejercido por personas relativamente común y corrientes, la justificación de atrocidades amparadas en el deber o lealtad a un sistema, nos da la idea que si fue así dentro del nazismo, siempre hay la expectativa que se reproduzca en la historia como lo afirma Hannah Arendt.  

La Iglesia tiene la elección de seguir confiando en la concepción de la sociedad disciplinaria, del deber y la prohibición que lleva a la represión, o de poder encuadrar el evangelio en la sociedad del descarte, el consumo, el bienestar a toda costa, de la autoexplotación y el rendimiento, que lleva implícito el desgaste y la apariencia que refuerzan el individualismo y egoísmo.

IV

Formar para la prevención sin silencios.  

La bibliografía actual va en aumento sumando interesantes reflexiones, los temas son diversos. En definitiva se apuesta a la prevención con la esperanza de una Iglesia sin abusos.

Primero en los mismos menores, formar sin abrumarlos ni descargar toda la responsabilidad en ellos. Formar en el ámbito de la familia, de la escuela y su entorno. Para eso debemos echar mano de la pedagogía de adaptación de la información y la concienciación del respeto a su integridad. Apuntar a una confianza que sea lúcida en la relación con los mayores y que ante los peligros haya la alerta, reacción y acción temprana.

En los laicos y colaboradores de la pastoral, deben formarse para aprender a identificar las potenciales amenazas. Pero a la vez contribuir a la construcción de redes de apoyo sin miedo en el momento de actuar. Es indispensable avanzar en la superación del clericalismo laical, la sumisión y el encubrimiento.

En los clérigos, es fundamental el reconocimiento del déficit en la formación humana. Asimismo, potenciar el discernimiento vocacional para depurar ideales huecos. Poner mayor énfasis en el desarrollo y vivencia de Dios como proceso psíquico trasversal junto a la espiritualidad y la vida/existencia. Precisar el desarrollo del uso y aspiración del poder ¿qué intenciones insanas predominan en los niveles de relación con los superiores, con iguales y con menores?

¿Cómo interactúa la gradualidad (en la ratio actual) en formandos que se rigen por el siento luego existo, en jóvenes sin memoria de historia de vida y negación de la sumatoria de experiencias como un disco duro que se resetea cada vez que falla? En relación a los niveles de la formación permanente ¿cómo se integra la reflexión sobre el abuso en las distintas generaciones?,

Es importante tomar conciencia de la distancia y quiebre generacional entre los baby boomers, millenials, y últimas denominaciones. Estar atentos al uso de las tecnologías, la interacción con el mundo, los ideales y el desarrollo e instalación de perversiones.  Cuánto endiosamiento, clericalismo y narcisismo queda por eliminar, cuántas reverencias, y actos superfluos en el ejercicio del ministerio.

En las víctimas, es esencial acompañar con dignidad, procurar que siendo escuchados se reparen sin escatimar recursos y tiempo.  Algunos no pisarán jamás una Iglesia, otros escogen el camino de la sanación por muchas vías: el trabajo social, el arte…, y otros tantos se transforman en voceros y apóstoles de la prevención comprometidos a una lucha que no termina. 

Si las víctimas han tenido que aprender a vivir con trastornos y secuelas del abuso, si no sabemos lo difícil de vivir con indicadores de estrés postraumático o padecer alguna de las variantes de un trastorno disociativo de identidad entre tantos; si la esencia del  evangelio es amor, verdad y justicia ¿qué hace falta para pasar del silencio a la acción?. 

Meter el dedo en la llaga sin paranoias colleva a dificultades necesarias, a salir de silencios cómplices. El silencio de Jesús ante Pilatos suena desafiante, el silencio ante las violaciones e injusticias suena a cobardía.

A modo de cierre

Ante cualquier signo, amenaza o indicio de abuso: la acción con cautela y respeto a las víctimas.  Es mejor prevenir que lamentar, la justicia es urgente al igual que la prevención. Se hace necesario profundizar en todas las herramientas disponibles, especialmente, en las disciplinas humanas, reconociendo que por encima de cualquier especialista, priman las voces de las víctimas, el testimonio y el camino de historia de vida. 

Para esto hay que invertir tiempo, recursos y dedicación. La clave es la trasparencia aunque sea una tarea pesada, y si no se sabe cómo atender y orientar, lo más sano es buscar auxilio en personas o instituciones con experiencia capaces de encaminar por el mejor camino.

Es tiempo de no dejar pasar la primavera de la renovación de la Iglesia. Esto implicará remover los silencios y renunciar a privilegios vanos. ¿Por dónde comenzar? esto empieza en la vida de cada uno, porque “El que quiera quitar la herrumbre tendrá que emplear productos corrosivos.  Ya nos hemos pasado bastante tiempo barnizando sencillamente el óxido” (Drewermann, 1995, p.591).

Los abusos dentro de la iglesia y su manejo, son el indicador de otros males que hay que abordar con esperanza, determinación y misericordia sin ser cómplices. El recordatorio de temas como la sinodalidad que no pueden pasar en el tiempo como meros discursos desgastados. 

“Os digo que les hará justicia pronto.  Pero, cuando el Hijo del hombre venga ¿encontrará la fe sobre la tierra?”

(Lc, 18,8).

1 Comentario

  1. Antonio Rella

    «¿haría falta dentro de la Iglesia tomar más en serio a los padres de la sospecha, que las reflexiones medievales que se siguen siendo la base de la antropología con la que se abordan los abusos?.»

    Entiendo que quieras defender un punto en tu argumento, pero esa pregunta indica que tienes poco conocimiento de el enfoque con que la Iglesia está tratando el tema de los abusos.

    Hoy mismo la Iglesia Católica está abordando el tema desde diversas áreas: desde la prevención hasta lo penal. Ha creado sistemas de recepción de denuncias, ha instruido la obligación de transmitir la información sobre noticias de abusos sexuales, ha establecido mecanismos para eliminar el encubrimiento.

    Entiendo que parte de tu argumento se fundamente en hacer leña del árbol caído, pero, hoy por hoy, no ha habido ninguna institución en el mundo que haya hecho más que la Iglesia Católica en el tema de la protección de menores.

    En definitiva, colega, creo que debes actualizarte y en lugar de hacer un ensayo con «argumento carcelario» hagas uno más actual.

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