Pastoral de la Vocación

Cómo prevenir la cultura del abuso (I)

Este artículo está escrito por Jesús Castillo

Donde está tu corazón ahí está tu tesoro Mt 6, 21

El trabajo arduo de acompañamiento vocacional de un seminarista, presbítero o religioso puede ayudarse de los presupuestos antes mencionados. En esta entrega se pretende poner algunas bases importantes a revisar y verificar con el hermano que se acompaña. Nos enfocamos en cómo prevenir la cultura del abuso.

El autoconocimiento quiere ayudar a la autoaceptación, y por ende a la autogestión consciente de quién se es. De este modo la persona puede vivir una confrontación serena de sus propias actitudes.

1. Centralidad y objetividad en los valores cristocéntricos

El camino de la formación cristiana tiene como propósito formar la persona de Cristo en el interior del discípulo. Y, gradualmente, ir reproduciendo los sentimientos y actitudes de Jesucristo. A esto se le llama autotrascendencia. Rulla describe este proceso así:

Podemos decir, en una frase, que la vocación cristiana no es sólo una llamada a la libertad para la autotrascendencia del amor, en el sentido de la autotrascendencia que ama, sino también a la libertad para la autotrascendencia que se deja amar, llamada a la donación total de nuestra libertad, como Jesús lo hizo al Padre por nosotros. La libertad es el presupuesto del amor, es el presupuesto para poder «perderse» en la autotrascendencia del amor del agapé; para «amar como Cristo nos amó» y para hacer siempre y con amor la voluntad del Padre[1].

El papel de la antropología cristiana para prevenir la cultura del abuso

Aquí juega un papel importante la antropología del discípulo pero también la antropología cristiana.

Un seminarista está llamado a ir adquiriendo esta capacidad de vencerse así mismo no anulando su humanidad sino conformándola con la Persona de Jesucristo[2]. Sin esto, toda la formación se podría reducir a un mero cumplimiento de estudios o de formas correctas de ser un “ser religioso” en medio de la sociedad[3].

La cultura del abuso de confianza, de poder o sexual se debe ir viendo neutralizada de poco en poco desde la vivencia auténtica de los valores cristianos y fortalecidos por los valores netamente humanos. Desde estos valores somos conscientes de cómo prevenir la cultura del abuso.

2. La higiene mental y espiritual

Esto se refiere al proceso interno de ir notando aquello que desencaja con el ideal formativo cristiano. Sobre todo los excesos que pueden estar “ocultando” alguna actitud abusiva.
Es común arropar la herida, sobre todo cuando esta es vergonzosa. El proceso de acompañamiento vocacional tiene como propósito ir “desarropando” esas deformidades de la propia persona.

El término higiene hace referencia a ir descubriendo y clarificando las propias situaciones humanas por las que el seminarista, sacerdote o religioso se va encontrando pero también las va saneando, de modo que puede ser más dueño de sí y responsable de su proceso.

No se trata de “limpiar” a la persona, sino de ir progresivamente puliendo sus actitudes, especialmente la propia docilidad e ir adquiriendo la docibilitas[4] como una actitud de constante crecimiento y conversión.

Las propias necesidades

Reconocer las propias necesidades desde el campo humano – profesional y espiritual garantiza al acompañado estar cada día más atento a su responsabilidad frente a la comunidad.

La cultura del abuso no encaja en una mente y espíritu en constante conversión. Esto porque hay un ideal claro en la persona, y dentro de ese ideal (al menos el sacerdotal o consagrado) no cabría el tener que estar por encima de los demás y mucho menos usarlos para satisfacer las propias necesidades.

3. El diálogo fraterno, sincero y periódico

El acompañamiento, durante la formación sacerdotal y en la formación permanente, ayuda a la persona a poner nombre a la fenomenología de su interior[5]. Por una parte debe existir un deseo de sentirse acompañado y ayudado en el crecimiento y trabajo diario. El acompañado ha de aportar sinceridad y apertura. Por otro lado, es importante que el acompañante tenga un bagaje básico del dinamismo que hay detrás de los comportamientos y actitudes, así como una apertura y actitud de ayuda ante lo que el acompañado quiera expresar. Ha de tener un respeto máximo por la intimidad pues mucho de lo expuesto es algo muy personal. Se espera que esta actitud se vaya desenvolviendo a lo largo del resto de la vida vocacional[6].

Y es que al saber poner nombre a lo que se vive, se puede tener una mejor gestión de ello, y si hay un acompañante mucho mejor, pues ayuda a ir evaluando los avances y retrocesos.

La periodicidad es importante, y ha de irse acomodando de acuerdo al proceso formativo, así como a la posibilidad de apertura. Este acompañamiento ordenado busca cómo prevenir la cultura del abuso.


Referencias

[1] Luigi Rulla, Antropología de la vocación cristiana, Sociedad de Educación Atenas, 245.

[2] Amedeo Cencini, Los sentimientos del Hijo, Sígueme, 41-42.

[3] RFIS 41.

[4] Amedeo Cencini tiene una propuesta interesante al respecto. Él define la docilitas o persona dócil como aquella que, al menos aparentemente, es libre de adherirse a una voluntad diversa de la suya y de entrar en el proyecto de otro. En cambio, la docibilitas como una superación de la anterior en el sentido de que es aquel que ha aprendido otro tipo de libertad se deja tocar o provocar por la vida y por los demás en cualquier situación de la vida sea bonita que fea.
Es cierto que comporta una iniciativa del espíritu, o una forma de inteligencia, ella indica el máximo de la actividad y el máximo de la pasividad y lo pone en conjunto de modo que se deja formar en medio de la iniciativa y la ejecución. Esta será entonces una actitud que ayude a la persona a ser libre para aprender a aprender en la vida y por toda la vida. Cfr. A. Cencini, Formazione permanente: ci crediamo davvero?, 52-55.

[5] RFIS 45.

[6] Amedeo Cencini, ¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales?, Sígueme, 246-249.

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