Pastoral de la Vocación

El acompañamiento en la formación inicial

Este artículo está escrito por Emilio Lavaniegos

El arte de acompañar

El acompañamiento en la formación inicial es un arte que necesitan aprender los formadores y aplicar de un modo flexible, de acuerdo a las condiciones de los seminaristas y de los grupos. Por otro lado, conviene que sea serio y sistemático. 

Siempre es conveniente que el acompañamiento sea realizado tanto por el formador como por el director espiritual con la misma intensidad, de modo que se ofrezca una relación formativa “a dos bandas”. Este modo de actuar tenderá a respetar la función de cada uno de ellos y ofrecerá al seminarista el doble referente que objetive muchos de los contenidos de las entrevistas. Tanto el formador como el director espiritual manejan datos del fuero externo (fundamentalmente proceden de la observación) y datos del fuero interno (que proceden de la revelación de parte del seminarista). Ambos deberán guardar sigilo en relación con el fuero interno y tendrán libertad para compartir entre sí los datos del fuero externo. Lo que se dirá en adelante vale para las entrevistas con ambos.

El valor de la presencia continua

El acompañamiento en la formación cuenta con una gran ventaja en relación con la ayuda profesional: los formadores conviven a lo largo del día con los seminaristas, de modo que, además de los datos que proviene de la entrevista, tiene una amplia perspectiva desde la observación. Es fundamental que los formadores sean conscientes del valor de esta continua presencia. Con ello nos podemos referir a una doble perspectiva: la del acompañamiento formal, que se realiza a través de entrevistas, de un modo sistemático y técnico, y la del acompañamiento informal, que se realiza en la vida ordinaria. 

El acompañamiento en la formación inicial es incluyente en relación con otras instancias a las que de hecho recurren los seminaristas. Esto significa que el contenido que el seminarista trata en el encuentro con estas otras instancias se comunica y refleja en la relación formativa. Para ello se requiere que exista un nivel suficiente de confianza. Sobresalen por su importancia técnica los profesionales: médicos, psicólogos, psiquiatras, preparadores físicos, nutricionistas, etc. Por otro lado, están las relaciones espontáneas que el seminarista tiene con personas significativas para él: sus padres, hermanos y otros familiares, amigos, sacerdotes, religiosos y religiosas, particularmente su párroco. Los formadores necesitan partir de una valoración positiva de estas instancias para incluir lo que efectivamente ayuda al crecimiento del candidato al sacerdocio.

Los inmediatos responsables del acompañamiento y el respaldo institucional

La labor formativa realizada por los inmediatos responsables (formador y director espiritual) viene avalada por un respaldo institucional. Esta es principalmente la función del rector, que con cierta frecuencia entrevista a los seminaristas y mantiene siempre abierta la posibilidad de que ellos lo pidan. También, sobre todo en las últimas etapas, el obispo tiene una función significativa de acompañamiento, sea en el plano grupal o en el personal.

El acompañamiento personal en la formación inicial se complementa con el acompañamiento grupal. Cuando hay un buen programa o itinerario formativo, la materia tratada con los seminaristas en las reuniones comunitarias enriquece significativamente los contenidos del acompañamiento personal.

Diversos esquemas para la entrevista de acompañamiento

Los esquemas preconcebidos pueden servir de orientación y guía en esta tarea. Sin embargo, se corre el riesgo de encajonar los procesos de un modo artificial o, aún peor, de convertir las entrevistas en un interrogatorio. Por eso parece más oportuno que los esquemas que se presenten sean abiertos y genéricos, no demasiado detallados. En su diseño se pueden señalar varios niveles:

Esquema general

Corresponde al ordenamiento de la relación de acompañamiento en su conjunto. Es importante que el formador sea consciente del momento por el que pasa la relación de acompañamiento y sepa situarse en él. Ayudará al seminarista a situarse también. Consta de tres momentos básicos:

  • Conocimiento inicial. Se trata de conocer al seminarista lo mejor posible. Lo más importante es lograr su manifestación confiada y profunda. Pueden ser útiles para este momento los esquemas informativos.
  • Acompañamiento sistemático. Es la parte intensa de la relación, en la que se tocan los temas que el seminarista siente como importantes, pero a la vez se ven los temas fundamentales. Hay así tres contenidos que se entrelazan: a) el dictado por la necesidad del seminarista, en el que se aborda lo urgente; b) el que nace de la experiencia del orientador, por el que se aborda lo necesario o conveniente; c) el que procede del acompañamiento grupal, dando especificidad al proceso. Para esto son útiles los esquemas por dimensiones.
  • Cierre o preparación de informes. Corresponde al momento final de la relación. Aquí la tarea más delicada es ofrecer al seminarista una visión global y más objetiva del proceso que ha realizado en la relación de acompañamiento y disponerlo para buscar una nueva relación. Para esto es muy útil recurrir a los expedientes. Aunque el director espiritual no tiene que preparar informes, conviene que lleve un registro, porque sí debe realizar el cierre.

Esquemas informativos

Se trata de recabar datos sobre la persona del seminarista. Suele sorprender que exista interés del formador en torno a los detalles. Conviene que estos detalles queden bien anotados, para que el formador pueda recurrir a ellos en su afán de comprender al seminarista. Varios contenidos significativos:

  • La historia familiar. Son los datos sobre su familia: padre, madre, hermanos y hermanas, cuñados y cuñadas, sobrinos, abuelos, otras personas significativas. Hay que crear el clima de confianza para que se manifiesten las situaciones familiares que preocupan o avergüenzan al seminarista. En caso de familias disfuncionales, conviene investigar cómo se han suplido las carencias. 
  • La ficha clínica. Lo que corresponde a la salud del seminarista. Interesa registrar los datos elementales: peso, talla, tipo de sangre…, pero también los rasgos generales de su historia clínica. Conviene detectar si existen enfermedades, tanto físicas como psíquicas, que requieran un cuidado especial y cuáles han sido los tratamientos a los que se ha sometido.
  • Su formación en la fe. Es la historia de su iniciación cristiana: bautismo, primera confesión y comunión, confirmación. Parece útil conocer qué tan significativa ha sido la catequesis y cómo se ha relacionado con la vida sacramental su inquietud vocacional. Tiene especial importancia en algunos contextos un minucioso examen de las experiencias de conversión con las que en ocasiones está relacionada la inquietud vocacional.
  • Su historia académica. Lugares donde realizó sus estudios. Aficiones intelectuales que cultivó. Dificultades que encuentra en el trabajo intelectual actual. Relaciones significativas en el ámbito de los estudios. Estudios que ha realizado y su personal identificación con ellos desde la perspectiva sacerdotal.
  • Las etapas previas. Cuando el seminarista ha estado ya en una casa de formación, conviene investigar su grado de satisfacción en las etapas previas, sus fortalezas y debilidades en cada una de ellas. Es rehacer de forma breve toda su historia formativa. Si estuvo en otra institución, dialogar ampliamente con él sobre el motivo de la salida y su relación con los formadores.

Esquemas por dimensiones

Se refieren a las dimensiones de la formación. Sirven para que el formador tenga presente la materia para profundizar en la relación e ir completándola sistemáticamente. Aunque estoy en la mejor disposición de escuchar lo que el seminarista necesita comunicar, también tengo plena conciencia de lo que conviene tratar para su formación integral.

  • En la dimensión espiritual. Es verificar el modo como actualmente cultiva su vida espiritual: oración, sacramentos, sentido apostólico, lectura creyente de la historia, dirección espiritual, etc. Conviene preguntar con mucha frecuencia sobre la vida sacramental. El seminarista debe llegar a comprender que la dimensión espiritual también compete al formador y no solo al director espiritual. El contenido en esta dimensión es específico en relación con la etapa formativa en la que se encuentra.
  • En la dimensión humana-personal. Lo relacionado con su estado físico, afectivo, psíquico y sexual. También interesa su origen socio-económico y cultural. Se intenta que el seminarista se dé a conocer en las diversas facetas de su realidad humana, y se aventure a explorar terrenos que le pueden parecer desconocidos o difíciles. Que tenga la convicción de que ha realizado un esfuerzo en este sentido.
  • En la dimensión humana-comunitaria. Qué tipo de relaciones establece con los demás y cómo es su integración en los grupos en los que participa. Interesa de modo especial su experiencia de la familia y sus relaciones de amistad. También la integración en el grupo de seminaristas. Por otro lado su capacidad de aceptar a personas que piensan diferente, son de otra religión, cultura, raza o nivel social. Cómo puede mejorar sus modos de actuar y relacionarse.
  • En la dimensión intelectual. Se trata de que comunique los aciertos y dificultades que tiene en los estudios. También interesa descubrir sus aficiones intelectuales y el sentido cristiano y vocacional que les da. Para el formador es importante detectar cuáles son las habilidades de pensamiento que ha desarrollado en el pasado y cómo pone en práctica las habilidades de pensamiento en los estudios eclesiásticos, de modo que se afronten las dificultades que pueda tener.
  • En la dimensión pastoral. Cuál es el compromiso apostólico que asume. Cómo han sido sus experiencias en el apostolado. Cómo esto lo dispone o le impide para su maduración vocacional. La información de primera mano en esta materia ayuda a los formadores al discernimiento de las prácticas apostólicas que pueden ayudar al seminarista en su proceso formativo.
  • En la dimensión del proyecto. Es tocar el tema de su verdadera aplicación a la formación en el nivel en que se encuentre. Qué tanto asume el proyecto que va haciendo de sí mismo y qué tanto camina hacia un mayor equilibrio en su personalidad. Es preguntar por el grado de conciencia y de intencionalidad que posee.

El expediente sobre el seminarista

Es un material para uso personal del formador. Es siempre un documento privado, que el seminarista no debe ver. Contiene los datos personales del seminarista, puntualmente asentados. Sobre todo se trata de llevar un registro de lo que se va conversando, de acuerdo a las fechas de las entrevistas. Le sirve al formador para recordar con precisión lo que se vio en la entrevista anterior y sobre todo para ir descubriendo el avance global o de conjunto que el seminarista va haciendo. Un excelente servicio que puede hacer es, basándose en el expediente, ofrecerle la retroalimentación de su avance. El expediente también le sirve al formador del fuero externo como base para preparar los informes.

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