Pastoral de la Vocación

De las antinomias a las síntesis creativas en la Formación Sacerdotal (III- Caminos de unidad)

Este artículo está escrito por Vicente Hernández Alonso

En esta tercera parte presentamos algunos caminos para la unidad en la formación. Aceptar las tensiones y abrirse al diálogo es fundamental para la unificación de la persona.

1. Aceptar la necesaria tensión antinómica

Para ir afrontando las dificultades señaladas y otras posibles, el primer paso es la aceptación por parte de toda la comunidad educativa de la necesaria tensión antinómica en el proceso formativo.

Es necesario superar la tensión dilemática que resulta nefasta para la vida de personas y sociedades. Porque si se entiende como dilemas los esquemas que orientan la actividad intelectual y espiritual del hombre, éste queda desconectado de la realidad y cerrado, por tanto, a todo tipo de diálogo y encuentro. La creatividad del hombre y la capacidad de sintesis quedan anuladas de raíz.

2. Una propuesta no dicotómica en la formación

Sería lamentable convertir los contrastes en dilemas, consecuencia de visiones antropológicas de carácter parcial, en las que un aspecto del ser del hombre adquiere rango de totalidad. Las antinomias pedagógicas no son lógicas ni dialécticas; son reales. Pertenencen a lo más concreto que tiene el ser humano, su vida plena. Significan la presencia de dos elementos opuestos que no se excluyen, pero en donde uno quiere preponderar. Es en el dominio de la tensión que presentan las antinomias pedagógicas donde crece precisamente la personalidad.

Además de la aceptación de la necesaria tensión, considero muy importante una propuesta honesta de la vida cristiana y del ministerio como realidades que se mueven en esa tensión.

Esta tarea supone un diálogo constante que no elude la confrontación necesaria y el afrontamiento de posibles conflictos. Pero importa mucho la clarificación de conceptos y de actitudes que pueda ayudar a salir de posicionamientos unilaterales y subjetivistas. Y, aunque esta tarea tenga que ser constante a lo largo de todo el proceso, se hace más necesaria en los primeros años.

3. Un ambiente comunitario integrador

El grupo puede convertirse en una palestra excelente para educarse en el respeto, en la valoración de estilos diversos, en la crítica positiva y en el avance hacia una visión más completa de la Iglesia y del ministerio presbiteral. A los educadores se les pide, de primeras, un esfuerzo muy importante con relación a los seminaristas: «acogerlos tal como son, es decir, recibirlos y darles todas sus oportunidades en el estado en que la gracia los ha tocado y nos los ha encomendado» (1).

Esa actitud de acogida incondicional, tan difícil a veces para los mismos formadores, suele ser aún más difícil pero no menos necesaria por parte de los alumnos entre sí. Como objetivo de formación que es, también ha de entenderse como un proceso de conversión a lo largo de los años de seminario.

La comunidad forzosamente heterogénea puede transformarse en una plataforma interesante para formarse en esa dirección. En cambio, hacerla homogénea a base de exclusiones a priori puede resultar una pérdida de oportunidades en vista a la formación pastoral del candidato.

La comunidad es «un lugar de trascendencia», un grupo humano y cristiano en busca de los valores vocacionales que se pretende llegar a encarnar. Se hace necesario mirar constantemente a las metas comunes. La comunidad es eficaz en la medida en que favorece la autotrascendencia de sus miembros .

4. El diálogo, camino de encuentro

«Por su interioridad (el hombre) es, en efecto,superior al universo entero: a estas profundidades retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios lo aguarda, escrutador de corazones, y donde él, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino» (GS 14).

La vida del seminario es estudio, pero es también comunidad, relaciones gratificantes o difíciles, amistad, disciplina y exigencia, estados de ánimo personales, esfuerzo espiritual, toma de conciencia. Además, los elementos formativos no se limitan al seminario. Está el contacto con el contexto social y la cultura, la inserción en realidades y acontecimientos diversos, el conocimiento de las situaciones que proporciona la práctica pastoral (2).

El punto donde todo converge y se funde en una síntesis, mediante procesos de elección o de exclusión, de jerarquización y organización, es el sujeto. Precisamente en este nivel de interioridad en el hombre creado a imagen de Dios y en el bautizado injertado en Cristo es donde actúa el Espíritu, que nos une y nos guía hacia el Padre.

Si el candidato no entra en la interioridad de su conciencia para dialogar con Dios y tomar desde ahí sus decisiones, la formación será superficial y hasta puede que no se produzca en absoluto formación en sentido estricto.

El amor que unifica y da identidad

Llegamos así a los planteamientos iniciales: el amor unifica a la persona y le da identidad. Pero el amor cristiano es relación, diálogo permanente de amor en el cual Dios tiene la iniciativa, correspondiendo el hombre desde sus circunstancias personales e históricas concretas. Siendo la iniciativa de Dios, queda excluida «toda vanagloria y presunción», cediendo el paso a «una gratitud admirada y conmovida» y a «una confianza y una esperanza firmes» (PDV 36).

Y educar para el presbiterado es ayudar al formando para que se sitúe en ese diálogo y avance por esos carriles. Tal labor sólo puede llevarse a cabo mediante una honesta relación personal entre educador y formando. Una relación que exige al educador actitudes de fe, esperanza y amor respecto al formando; y a éste, apertura y docilidad respecto a su educador. Volvemos a valorar hoy, después de unos años de crisis, la tradicionalmente llamada «dirección espiritual», que ahora se presenta bajo las expresiones «acompañamiento espiritual» y «acompañamiento vocacional». Tenemos que felicitarnos, pues toda la labor educativa cristiana es en último término «espiritual». El educador se sabe compañero de camino del formando y humilde colaborador del Espíritu, que es el que modela los corazones.

RELACION DE CITAS

1. TONELLI, R., «La formazione pastorale del presbitero», en Salesianum 55(1993)93-94.

2. Cf. MANENTI, A., Vivir en comunidad. Aspectos psicológicos (Santander 1983)9-11.

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