Pastoral de la Vocación

¿Sentido de la búsqueda o búsqueda de sentido? III  

Este artículo está escrito por Lorenzo Yovera

El sentido de toda búsqueda comienza con el discernimiento. Este discernimiento conlleva a la búsqueda de sentido comprendido como el paso hacia una decisión. En la primera parte de este artículo, habíamos dicho que es fundamental en el camino que todo vocacionado debe transitar para dar significado a su búsqueda de Dios, el ser consciente sobre qué y a quién está buscando, es decir, debe mirar su propia estructura personal en miras a hacer un camino nuevo.

Los elementos que dan forma a este proceso son el conocimiento, el discernimiento y la decisión. Hemos hablado en el artículo anterior del conocimiento. Nos corresponde continuar con los otros dos elementos, teniendo siempre en cuenta nuestro rol de formadores y acompañantes de este proceso de iluminación.

¿Qué es discernir?

Discernimiento tiene que ver con la capacidad de verificar la acción de Dios en la persona concreta, con el múltiple abanico de posibilidades y manifestaciones que hacen presente la expresión de la atracción vocacional del candidato.
Este proceso no suele ser fácil. De allí decantan tantos errores de cálculo de los cuales suelen estar teñidos los discernimientos que se llevan en las diferentes comunidades. La dificultad estriba en el hecho mismo del significado concreto de “discernir”: separar, desunir, clasificar, diferenciar, decidir. De lo que se trata, pues, es de que, una vez el candidato esté sumergido en la realidad propia del autoconocimiento impulsado por la conversión personal, y motivado lo suficientemente por el deseo de seguir a Cristo, tenga las herramientas necesarias para sopesar convenientemente lo que está recibiendo, con el cúmulo de contenidos personales que representan sus propias motivaciones y deseos más profundos.

Acompañar el discernimiento

Para los acompañantes de este proceso, este tiempo es especialmente importante, no sólo porque se trata de las primerísimas etapas del camino vocacional, sino también porque el mismo marca todo el proceso de acompañamiento vocacional del candidato y también el proceso de la comunidad que acompaña. Se trata por tanto de un elemento cualitativo, saber discernir y discernir bien.

Sin embargo, es importante no caer en la tentación de sentir que es el formador el único responsable de todo esto. Como ya he dicho en el artículo anterior, es responsabilidad del candidato mismo ser sujeto de su historia vocacional, y luego también la comunidad que acompaña ser participe y no sólo espectadora de ese mismo proceso.

En todo caso, lo que se podría llamar la “calidad” de un buen discernimiento debe asentarse, desde mi punto de vista, en la capacidad de escucha y atención objetiva por parte del equipo que acompaña o la comunidad que acoge. Esta escucha-atención objetiva no puede ser otra cosa que la dinámica espiritual de ponerse en la “sintonía” de la voluntad divina, que actualiza y profundiza en el aquí y en el ahora, los dones y carismas que ha concedido a la Iglesia por la efusión del Espíritu Santo en una comunidad cristiana específica, y que siempre nos presenta los desafíos y llamados inherentes a nuestra actualización, en el candidato que toca la puerta en el presente y que dice sentir una atracción a nuestra forma de vida concreta.

Mirar más allá de lo evidente

Esto supone capacidad de visión, lo que ordinariamente llamamos “mirar más allá”, paciencia, discreción y pedagogía. Los equilibrios siempre son difíciles, pero siempre son las miras a las que debemos tender. En el discernimiento, el equilibrio está compaginar sabiamente las propias estructuras tradicionales fundamentales y la actualización de las mismas en la novedad de la vocación que Dios nos regala en un contexto histórico determinado. Comprender que esta vocación se asienta en una persona concreta desde su propia realidad sociocultural.

Parte de este equilibrio también consiste en la aceptación de los propios errores, de los cálculos mal hechos, o, incluso, de la propia incapacidad y pobreza. Esta aceptación nos liberará de angustias innecesarias y contraproducentes en el acompañamiento de los candidatos.

No hay discernimiento sin decisión

Decisión implica entrega, convicción y valentía. Es la fase del sentido de la búsqueda que, muchas veces suele ser más aletargada en el tiempo, sobre todo en contextos culturales y sociales donde se ofrecen tantas opciones y se exaltan sobremanera las emociones, buscando incrementar lo meramente placentero, apropiado o deleitoso a los afectos. Así, la decisión parece ofuscarse en el horizonte de las opciones: lo interesante, para esta mentalidad cultural, es probar y probar, experimentar y saborear según el movimiento de las propias inclinaciones, rebajando el fortalecimiento de la voluntad de cara a las propias convicciones más profundas.
La clave de la decisión está, precisamente, en el sano equilibrio entre afecto y razón, del cual la decisión a tomar, encuentra fuerza y entereza suficiente para dirigir el proyecto que la persona se trace. En el contexto vocacional religioso esto es fundamental, porque en el camino del discernimiento, el candidato experimentará por lo general variadas “desilusiones”, que son de suma importancia para generar en la visión de la propia vocación, el necesario equilibrio afectivo que conducirá a sucesivas decisiones apropiadas.

Tomar la decisión

Quizá la causa principal por la cual vemos que muchos jóvenes hoy posponen la toma de una decisión importante en su camino vocacional, se debe precisamente al miedo. ¿A qué le temen? a los normales vaivenes y desilusiones, por los cuales necesariamente, se tiene que pasar para alcanzar un sano e íntegro equilibrio. Estas desilusiones son, en realidad, el quebrantamiento de ilusiones producidas en los comienzos del camino vocacional, teñidas muchas veces de ideales legítimos, pero que, contrastados con la realidad del camino trazado en el presente, producen en la persona desajustes emocionales acompañados de miedos y angustias por la inseguridad que les genera ver quebrantados esos sueños de antaño.

Desde esta perspectiva, el sentido de la búsqueda debe orientarse en un acompañamiento vocacional que fomente y recuerde constantemente la meta que se quiere alcanzar, es decir, el deseo de Dios y de la entrega a Él como camino de humanidad auténtica, en el seguimiento de la Persona de Cristo. No deben haber otras metas o deseos en el corazón de la persona, por lo menos no otras que muevan el propio corazón más que este deseo fundante, porque sólo así podrá fortalecerse poco a poco “la determinada determinación” de la decisión.

Aunque implícita en los primeros pasos, la decisión se hará explícita precisamente en cada una de las pruebas y contrariedades por las cuales tendrá que pasar el candidato, en las cuales deberá retornar a su deseo original, y seguir con confianza el camino emprendido a pesar del sano, pero duro rompimiento de sus primeras ilusiones.
Acompañar a construir una decisión es un trabajo delicado. Pero nuestro trabajo es aprovechar lo que está dentro de la persona a la que acompañamos…por lo cual necesitaremos encontrar primero nosotros mismos ese tesoro que el otro lleva consigo. Este es el camino del acompañamiento vocacional y la mejor imagen del sentido de la búsqueda que debemos fomentar.


Monasterio Trapense Nuestra Señora de Los Andes. Venezuela.
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