Pastoral de la Vocación

Ser presbítero en tiempo de crisis

Este artículo está escrito por Gerardo Daniel Ramos

Identidad en contexto

En este cambio de época, (agudizado por la pandemia), la vida del presbítero también se ha tornado compleja. Su ministerio se ha desdibujado y sus tareas se han multiplicado. En medio de este maremagnum de actividades fácilmente puede perder la unidad y el sentido de su vida. Es necesario recuperar algunas claves para transitar este tiempo. El autor propone: la caridad pastoral, los tiempos de gratuidad, las relaciones fraternas y la convicción de estar inhabitado por la Trinidad, como pistas para la reflexión y profundización de la identidad presbiteral en tiempo de crisis.

No existen «identidades absolutas» pues lo que cada uno es, lo es, en gran parte, por referencia a lo otro y a los otros. Esto es válido también en el momento de reflexionar sobre nuestra identidad como presbíteros. No podemos definirla ni describirla sino en relación con un contexto y personas concretas. Y hoy este contexto está en plena mutación y la gente se encuentra afectada por diferentes variables de la crisis (relacional, sanitaria, económica, social, eclesial, etc). Por eso puede ocurrirnos que las seguridades que teníamos antaño ya no nos resulten tan claras para este tiempo. Parece que nos quedemos un tanto perplejos de cara a lo nuevo…

Un presupuesto teologal y un marco socio-cultural

Por una parte, «ser cura» es cuestión de fe, y de hecho nos encontramos con la mismísima realidad del «Misterio» en nosotros mismos. Creemos que obramos in persona Christi, que somos imagen visible de Jesucristo buen pastor, maestro y sacerdote, esposo y cabeza de la Iglesia. La gente nos busca generalmente por eso, y habitualmente nos hace sentir que somos importantes en sus vidas no sólo por la diversidad de servicios que les prestamos, sino sobre todo, por lo que le podemos llegar a «significar» como ministros de Dios.

Por otra parte (como lo enseña el documento Pastores dabo vobis), nuestra identidad se va fraguando y moldeando en referencia a un entorno socio-cultural. En este último tiempo estamos viviendo en un ambiente deteriorado y «conmocionado». Las prioridades en la mayoría de las personas pasan por necesidades muy elementales: poder llevar algo a la boca, conseguirse unos pesos para sobrevivir, conservar el techo para la familia, protegerse de la inseguridad…

Incidencia sobre nuestra vida y ministerio pastoral

El ministerio pastoral del presbítero, por todo lo que suele movilizar en el imaginario de la comunidad y del pueblo, puede no estar totalmente exento de apreciaciones y expectativas distorsionadas. Exigencias desmesuradas y múltiples, reclamos de atención demasiado personalizados, testimonio de vida íntegro e «inmaculado», son algunas de las vehementes peticiones que se nos hacen a diario, y que –en parte– constituyen inequívocos indicadores de la polimorfa crisis por la que transitamos. Del «cura» se espera, a veces, demasiado y todo no lo va a poder ofrecer satisfactoriamente, a todo no va a poder responder como muchos desearían.

Esto nos hace pensar que hoy, ser pastor no es nada fácil. La multiplicidad de servicios en que tiende a atomizarse nuestro ministerio puede impedirnos unificar la vida en torno a un núcleo de identidad personal. La caridad pastoral entendida sobre todo como disponibilidad apostólica no siempre nos permite vivir la tan anhelada «unidad de vida» y sentido. Por el contrario, en muchos casos, las múltiples atenciones y estímulos psicológicos a que solemos estar expuestos pueden resquebrajarnos. Así podemos perder –casi imperceptiblemente– el tesoro de fe y vida del que estamos llamados a ser portadores para la Iglesia y el mundo.

Evidentemente, con esto no quiero decir que tengamos que aislarnos en una espléndida burbuja o preservarnos en formol. Sino que pongo de relieve una de las dificultades clave que, generalmente, encontramos y que en estos tiempos críticos tiende a acentuarse más. A la vez, estoy invitándome a no perder, por imprevisión o descuido, el tesoro escondido que llevo dentro por mi bautismo y unción, y que el Señor me pide multiplicar en favor de mis hermanos y hermanas. Procuro, simultáneamente, «hacer anámnesis» de los medios para conseguirlo.

Hacia un estilo ministerial más humano y «pneumático»

Pienso que, históricamente, fuimos «víctimas» de una impostación excesivamente cristomonista de la teología y, por tanto, también de la concepción de nuestro ministerio. La identidad del presbítero tendió a ser enfocada casi exclusivamente en torno a la capacidad sacramental. Hacer visible –con cierta dosis de «eficiencia» y «autonomía»– a Cristo pastor, maestro y sacerdote, esposo y cabeza de la Iglesia. Estos rasgos estructurantes y básicos son necesarios y ciertos. Aunque creo que no se han resaltado suficientemente aquellos otros que hacen a un talante más pneumático, fraterno y comunitario.

«Con ustedes cristianos, para ustedes obispo», decía Agustín. Y en esa cercanía fraterna que desmitifica el «halo de sacralidad» que tanto mal nos ha hecho y que propicia encuentros significativos y recíprocamente humanizantes con las personas, es más fácil percibir la presencia gozosa, pacificadora y unificadora del Espíritu. Él es el que –como en Jesús– está sobre cada uno de nosotros. El espíritu nos envía a anunciar la Buena Nueva a los pobres y excluidos, a los enfermos y encarcelados y a todos los «insatisfechos» un año y tiempo de gracia (ver Lc 4, 16-22). Pero también nos invita a percibirlo vivo y actuante en la diversidad de rostros, lenguas y lugares (ver Hech 2, 1-13; 10, 34ss.)

Es el Espíritu de Dios el que traza y abre caminos. El que conduce la vida de la comunidad y el servicio de nuestro ministerio y el que, misteriosamente, lo hace fructificar. Tal vez él, que no se sabe de dónde viene ni a dónde va (ver Jn 3, 8), sea el mejor, en este tiempo de crisis. Para seguirnos conduciendo en la «oscuridad de la noche» (Juan de la Cruz) con fe esperanzada.

La vida y misión del presbítero como «espacio habitado»

Nuestro ministerio puede así recuperar un sereno espacio «habitado» en el «seno de la Trinidad». Tanto en la vida de la gente, como de nuestras comunidades y de nuestras propias existencias. Un espacio de vida y misteriosa fecundidad que trascienda el mero «hacer y responder» por y a las necesidades de quienes nos reclaman atención pastoral. Es la apertura a un espacio de mayor «adentramiento», entrar en la esperanza, que es lo que muchas veces estamos tentados de perder.

Para ello es imprescindible recuperar, cultivar y enriquecer creativamente los tiempos de silencio y oración contemplativa. El hábito por encontrarnos «despojadamente» con la Palabra, ante el misterio «fascinante y tremendo» de Dios en cada eucaristía, o en el mismo «reposo adorante». En medio del agobio, el desencanto, la incerteza y la violencia hay un real espacio de trascendencia que todo hombre puede cultivar. Cada presbítero tiene por misión ayudar a descubrir, valorar y ofrecer este espacio de trascendencia que edifica. Construye Iglesia desde dentro con la creciente consciencia de ser piedras vivas. Con paciencia, misericordia y caridad el presbítero podrá forjar piedras vivas que reparen la Iglesia y sean luz en medio de la crisis.

(Tomado de Gerardo Daniel Ramos en Vida Pastoral [Argentina], enero-febrero 2004)

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